Ushabtis egipcios



 

En el antiguo Egipto la vida y la muerte estaban impregnadas de creencias mágicas. Los hombres del valle del Nilo pensaban que la palabra tenía un inmenso poder mágico y que a través de ella había sido creado todo. Solo gracias a la magia de la palabra existía la realidad y ese poder mágico se potenciaba cuando las palabras se escribían. Los jeroglíficos, símbolos mágicos cuyo origen reposaba en las propias divinidades, fortalecían el inmenso poder creador de la palabra.


Inmersas en estas creencias, en los tiempos del Reino Nuevo, en el conjunto de textos funerarios que conocemos como “Libro de los Muertos”, encontramos multitud de fórmulas que habrían de permitir gracias al poder de su magia que el difunto superara los peligros que habrían de amenazarle en el inframundo antes de arribar a los Campos de Osiris. Algunos de esos conjuros nos hablan de como una vez alcanzado el estado de bienaventurado el difunto puede moverse a su voluntad por el Occidente y por el mundo de los vivos. Otros, habrán de permitir que el espíritu se eleve desde los Campos de Osiris, transformado en un espíritu luminoso, al Reino Celeste de Re.


En el capítulo VI del “Libro de los Muertos” encontramos una fórmula mágica especialmente llamativa. Dice así:


-Fórmula para que un ushabti ejecute los trabajos para alguien en el Más Allá: Palabras dichas por N. (el difunto): Que diga:


“¡Oh ushabti de N.! Si soy llamado, si soy designado para hacer todos los trabajos que se hacen habitualmente en el Más Allá, (sabe) bien que la carga te será infligida allí. Como (se debe) alguien a su trabajo, toma tú mi lugar en todo momento para cultivar los campos, para irrigar las riberas y para transportar la arena de Oriente a Occidente.” “Heme aquí” (dirás tú, figurilla). “Iré a donde me mandes, Osiris N. justificado.”


En el contexto de sus creencias mágicas, los egipcios creían que fabricando una figurita que representara a alguien, esta podría asumir el papel del representado. Gracias a la magia era posible, a modo de ejemplo, destruir a un enemigo sin enfrentarse abiertamente a él. Para ello sería preciso crear una figura de arcilla que lo encarnara, leer la fórmula mágica apropiada y finalmente romper esa figura. Creían también los egipcios, y en ese contexto se entiende ese capítulo del “Libro de los Muertos”, que era posible crear una figura humana que gracias a la magia habría de estar al servicio de su propietario, tras la muerte, en los mundos del más allá. Esa figura mágica habría de hacer todo aquello que se le ordenase, reemplazando al difunto en todos aquellos trabajos que este hubiera de realizar.


Pensaban también que ese poder mágico sobre los sirvientes se veía potenciado si en la figura, además, se hacía grabar esa inscripción de llamada que supone el capítulo VI que antes hemos reproducido. Aunando la magia de la representación figurada y la magia de la palabra escrita, el hombre egipcio tenía la certeza de que los trabajos que hubiera de hacer en el más allá serían realizados por esas figuritas dotadas del poder de la vida.


Estos servidores mágicos fueron llamados shawabtis, por la madera en que se solían esculpir en los primeros tiempos, o ushabtis, literalmente “el que responde” a la orden del difunto, y son propios de los tiempos del Reino Nuevo, si bien en los momentos anteriores también existieron creencias vinculadas con estas cuestiones, como tendremos ocasión de exponer.



Figuras realistas en el Reino Antiguo


En los tiempos del Reino Antiguo el faraón, su familia y los altos mandatarios se hacían enterrar acompañados por un ejército de estatuillas que habrían de servirles durante la eternidad. Podríamos citar ejemplares que se han conservado de esos momentos en los que una sirvienta está encendiendo el fuego o alguien está asando un pato o elaborando pan y cerveza. Desde esos momentos antiguos las gentes adineradas incluían en su mastaba todo aquello que les podría resultar de utilidad en la ultratumba: camas, sillas, mesas, jarras, arcones, ropa, bastones, vasijas, joyas, juegos… En ese equipamiento funerario incluían también al personal destinado al servicio del difunto, así como una representación escultórica de este, el llamado cuerpo de sustitución, en el que habría de encontrar reposo el espíritu del fallecido cuando quisiera viajar desde el Occidente al mundo de los vivos, en previsión de que en algún momento el propio cadáver hubiera llegado a desaparecer. Estas representaciones escultóricas del difunto se guardaban en el serdab, que era una cámara específica de la mastaba destinada a ese fin.


Entre las dinastías IV y VI era frecuente que las esculturas de sirvientes se fabricaran en piedra calcárea. Muchos ejemplares se han encontrado en la necrópolis de Menfis. A partir de la dinastía V y hasta fines del Reino Medio, lo usual es que esas figuras estén labradas en madera.


A modo de ejemplo, en el Museo Egipcio de El Cairo se exponen diversas figuras que se han datado en tiempos de la V dinastía y que nos muestran a gentes que trabajan como servidores en el más allá, así una mujer que está moliendo cereales (necrópolis de Gizeh), un hombre que está desplumando una oca (necrópolis de Saqqara) o una figura femenina que está preparando cerveza (necrópolis de Gizeh). Todos estos ejemplares están fabricados en piedra calcárea.


Algo posterior, de los tiempos de la VI dinastía, en la necrópolis de Quse se identificó la tumba de un personaje llamado Niankhpepi el Negro. Allí, en un pozo de dos metros de hondo, se encontró una estatua en madera del difunto que estaba acompañada por diversas figuras de madera que representaban a sus sirvientes. Se conservan también en el Museo de El Cairo. Podemos citar un portador de ofrendas, que lleva un bolso a la espalda y un cesto en su brazo derecho; una maqueta con tres mujeres que caminan portando ofrendas; una maqueta con dos hombres que están preparando pan y cerveza; un hombre que está arando; otro que está asando un pato en un brasero…


Estas figuras de sirvientes y tantas otras similares, nos confirman que desde estos tiempos del Reino Antiguo entre los altos mandatarios estaba arraigada la creencia de sería muy útil tener sirvientes mágicos en la ultratumba. Habrá que esperar, no obstante, a momentos posteriores para que esas creencias se popularicen y afecten a sectores más amplios de la población. Será entonces cuando cualquier persona podrá hacerse enterrar con un ejemplar del “Libro de los Muertos”, incluyendo en su ajuar funerario algún ushabti en cuyo modelado habrán quedado reflejadas las creencias osirianas.


En el Reino Antiguo los sirvientes se representaban de manera realista, en el momento de estar ejecutando actividades usuales. Se trata de hombres y mujeres que se manifiestan vivos y que están inmersos en lo que sería su existencia cotidiana. Muchas de estas figuras incorporan una inscripción en la que alguien hace una exhortación para que las ofrendas que portan sean entregadas al difunto. Estos textos parecen sugerir que las figuras podrían ser realmente ofrendas votivas mágicas que habrían sido realizadas por los familiares y amigos del difunto.



Las maquetas del Reino Medio


Fechadas en las dinastías XI y XII se han identificado en las tumbas diversas maquetas fabricadas en madera que suponen un trabajo minucioso de recreación de ambientes de trabajo y de escenas diversas de la vida cotidiana: grupos de hombres en sus oficios (carpinteros, hiladores de telas, pescadores…), rebaños de ganado, barcos, soldados desfilando…


Es especialmente llamativo el ajuar que se encontró en la tumba de Mesehti, en Assiut. En esos momentos, los príncipes locales querían asegurar su poder político en el más allá, de modo que este personaje quiso incluir entre sus servidores a un grupo de cuarenta soldados egipcios, cuyas miniaturas se muestran desfilando, ordenados en filas de a cuatro. Visten falda corta y portan lanzas y escudos. A su lado, otra maqueta tridimensional muestra un grupo similar de otros cuarenta arqueros nubios, posiblemente mercenarios al servicio del difunto, que se identifican gracias al color negro de su piel. Todos visten taparrabos y están armados con arcos y flechas.


De la tumba de Meketra en la necrópolis de Deir el-Bahari, fechada en la dinastía XI, proceden otras maquetas que nos muestran con gran realismo escenas de la vida cotidiana: en una de ellas se está realizando un censo de ganado, bajo la supervisión del difunto, que aparece acompañado por un cortejo de escribas y ayudantes; en otras se nos brindan escenas de pesca, un taller de tejidos, un taller de carpintería…


La tumba de Meketra había sido saqueada en tiempos antiguos pero por fortuna estos grupos de servidores mágicos habían sido ocultados bajo el suelo, de modo que se han conservado en excelente estado. Estas maquetas nos hablan del deseo del difunto de que no le falte nada en el más allá y dado que fueron moldeadas con gran realismo nos acercan con mucho detalle a cómo era la vida cotidiana en aquellos alejados tiempos.


Guiados por el ánimo de tener satisfechas todas sus necesidades, las élites egipcias no dudaron, desde los tiempos más antiguos, en hacerse acompañar en la tumba, también, por figuras femeninas que han sido interpretadas como concubinas para el más allá. Así sucede, a modo de ejemplo, en la tumba tebana de Neferhotep, de la XI dinastía, en donde en cerámica esmaltada de color azul se ha representado una mujer que se manifiesta desnuda, portando peluca, símbolo sexual en el antiguo Egipto, y que tiene destacado el pubis. La figura se adorna con una cadena y un cinturón formado por conchas o cuentas.



Los ushabtis del “Libro de los Muertos”


A partir de los tiempos del Reino Medio, pero sobre todo en los ajuares funerarios del Reino Nuevo, las estatuillas de sirvientes funerarios se diferenciarán de las que son propias de los momentos anteriores. Ahora, con la divulgación de las creencias osirianas, desaparece el realismo en las figuras de quienes han de responder a la llamada del difunto, surgiendo los característicos ushabtis de aspecto mumiforme, que se fabricarán en madera, fayenza, piedra, cerámica o bronce.


Entre las clases modestas, lo usual es que los ushabtis estén tallados en madera, a veces muy toscamente, por lo que se les denomina “bastones de madera”. En un primer momento, solo llevarán inscrito el nombre del difunto, pero posteriormente se popularizará la idea de reproducir íntegramente el capítulo VI del “Libro de los Muertos”. En las tumbas más humildes, lo usual será que el ushabti sea una sencilla figurita de barro cocido, fabricada con moldes y con mínimos detalles en sus rasgos. En estos casos no suele existir inscripción alguna, aunque a veces se indica: “Aquí estoy, trabajo en todo momento”.


Es frecuente que las figuritas mágicas se ocultasen en algún nicho excavado en la pared de la cámara funeraria. Allí se colocaban ordenadas y luego todo se recubría con yeso y se pintaba, de modo que los servidores quedaban ocultos. A veces, no obstante, el ushabti estaba colocado dentro de un pequeño sarcófago que se adapta a su tamaño, como sucede en una figurita de cerámica de Huy, que se conserva en el Museo Egipcio de El Cairo. En momentos más avanzados, veremos que los ushabtis se colocarán en cajitas de madera que imitarán en su tapa abombada el modelo arquitectónico de las capillas de los templos. Esto será a finales de la dinastía XVIII. Estas cajitas estarán dotadas de una falsa puerta que permitirá que los sirvientes puedan entrar y salir cuando sea necesario.


La actividad central de la vida en el antiguo Egipto era la agricultura y los hombres pensaban que en el más allá habrían de verse también obligados a realizar esos trabajos, motivo por el que pronto los ushabtis se fabricarán portando azadas en sus manos y llevando un capacho para transportar arena en su espalda. Sus obligaciones, como vimos en el capítulo VI que citamos antes serían la preparación de la tierra para el cultivo, haciendo los trabajos de canalización de agua para los riegos y de limpieza de los campos de los efectos de la inundación anual del Nilo, transportando la tierra de unos lugares a otros. En las inscripciones de algunos ushabtis se menciona solamente trasladar la arena del Este al Oeste, pero en otros se indica también “y viceversa”.


Llama la atención que ese deseo de protección que evite tener que realizar trabajos penosos en la ultratumba afectaba incluso a los propios reyes. Sabemos que el faraón Taharqa se llevó a la tumba más de un millar de ushabtis esculpidos en piedra, en tanto que en el ajuar funerario de Tutankamon se identificaron 413 ejemplares, lo que supondría una figurita para cada uno de los días del año, más 36 capataces y 12 supervisores. Los ushabtis estaban situados en la cámara sur de la tumba, guardados en cofres de madera decorada. Algunos tenían inscrito el nombre de altos funcionarios. Todo sugiere que esos dignatarios habían querido expresar su deseo de seguir sirviendo al rey tras su muerte.


En el caso de los capataces, cada uno de ellos era responsable de 10 trabajadores. Al parecer los egipcios llegaron a temer que los ushabtis fueran incapaces de organizarse por si mismos o que en algún momento se pudieran insubordinar, por lo que los capataces aparecen portando en sus manos un látigo o algún otro símbolo de autoridad, vistiendo la faldilla o delantal propio de las personas con mando.


Por encima de esos capataces habría otros 12 supervisores, uno por cada mes del año, para asegurar plenamente que todos los trabajos de los servidores se realizaran satisfactoriamente.



La vida del difunto en el Más Allá


En el capítulo 110 del “Libro de los Muertos” se nos habla de las obligaciones del difunto en los Campos de Osiris: “Aquí comienzan las fórmulas de la Campiña de las Felicidades y las fórmulas para salir al día; para entrar y salir en el Más Allá; para establecerse en la Campiña de las Juncias; para vivir en la Doble Campiña de las Felicidades, la gran ciudad Señora de la brisa; para ser allí poderoso y glorioso y trabajar, segar, comer, beber y hacer el amor: (en suma), para hacer todo cuanto tenía el hábito de hacer sobre la tierra la personalidad de N. (el difunto)…”


Más adelante, se nos confirma que: “Dispongo lo preciso para habitar en tus campos… dilato mi espíritu y soy fuerte, en la campiña dilato mi espíritu y soy fuerte, en ella como y bebo, en ella trabajo y siego, en ella hago el amor; mis encantamientos son en tu campiña poderosos. No se me hacen reproches ni (tengo) preocupaciones y mi corazón es allí feliz…”


En estos conjuros se nos confirma la idea de que el difunto, una vez alcanzado los Campos de Osiris, accedía a una existencia feliz, similar a su vida terrena, pero libre de preocupaciones. Allí tiene alimentos y disfruta del sexo pero tiene también que realizar trabajos, de naturaleza esencialmente agrícola, trabajos que habrán de ser los sirvientes mágicos los que llevarán a cabo.


Estas creencias no solo afectaban a los hombres sino también a las mujeres. Podemos citar dos tablillas encontradas en la necrópolis de Deir el-Bahari en las que se menciona a dos ushabtis que habrían estado al servicio de Nesijunsu, sacerdotisa de Amón. En el texto se dice que el gran dios asegura que los ushabtis habrán de cumplir eternamente todo aquello que en el Más Allá hubiera de hacer esta mujer. En este caso concreto, el propio poder de la palabra de Amón estaba en juego.



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