Magia negra en Egipto


 


En el antiguo Egipto la vida cotidiana estaba influenciada por la magia. Todo estaba impregnado de Heka, que era la divinidad que regía los principios del poder mágico. Heka, precisamente, era el inmenso poder del que se había servido el Demiurgo, Atum-Re, cuando decidió dar comienzo a la creación del mundo. Los Textos de los Sarcófagos afirman que Heka era una divinidad que estaba por encima de los demás dioses. Solo Atum estaba en un rango superior. Dicen esos textos (está hablando Heka):


Yo soy el que da vida a las compañías de los dioses,

yo soy el que hizo todo lo que desea,

el padre de los dioses…


Todas las cosas eran mías

antes de que vosotros nacierais, ¡oh dioses!

Vosotros vinisteis después,

¡pues yo soy Heka!


En las creencias egipcias, en Heka descansaba el poder creador del Demiurgo. La magia de Heka lo impregnaba todo. Tanto en el mundo corporal como en el espiritual.


En sintonía con estas creencias, en la visión egipcia del mundo las ideas de magia, religión y medicina estaban vinculadas y la función más importante del sacerdote, mago o médico era conseguir que los poderes de Heka fueran debidamente activados ante cada situación concreta. Pensaban que el mago, el hombre que conoce como funciona la magia, venía a ser un canal de los poderes de Heka. Ese es el motivo de que, investido de esos poderes, el mago pudiera incluso dar órdenes a los demás dioses, a los démones y a los espíritus. Cuando actuaba, el mago no lo hacía en cuanto hombre sino que, integrado en la magia de Heka, se manifestaba como parte de esa divinidad. Solo el Demiurgo estaba entonces por encima de su alcance. El resto de dioses quedaba afectado por el poder del mago.


En efecto, en el conjuro 1324 de los Textos de las Pirámides podemos leer que el oficiante está manifestando lo siguiente:


¡No soy yo quien os dice esto, oh dioses;

es Heka quien os dice esto, oh dioses!


Magia y religión


No es fácil deslindar los ámbitos de actuación de la religión y la magia egipcias. Tanto una como otra se mueven en el mundo de lo sobrenatural, de lo que no es visible para los sentidos. Quizá se podría decir que en la magia todo es más inmediato. El mago, usando su poder, consigue el efecto que pretende alcanzar. El mago tiene un poder propio, emanado de Heka, pero que si tiene los conocimientos adecuados, y no es un mero charlatán, será capaz de controlar. En el caso de la religión, el sacerdote no produce el efecto, sino la divinidad a la que dirige sus plegarias. Podríamos decir que el sacerdote es un mediador, en tanto que el mago es un agente.


Además, en la religión no es necesario pedir nada al dios. Se le puede adorar sin más pretensiones. No sucede así con el mago, que cuando pronuncia un conjuro está buscando algo. Tiene una pretensión clara. Sabe que él es un medio para conseguir eso que busca.


En relación con la medicina y la magia, los egipcios pensaban que los démones y los espíritus eran los que causaban las enfermedades de los hombres y eran los médicos-magos los que, iniciados en los Misterios de la vida y de la muerte, sabían como combatirlos usando el poder de Heka.


En el Papiro Hierático del Museo de Berlín (3027) podemos leer un conjuro que es utilizado por el mago (médico, en este caso) para obligar a que salga del cuerpo de un niño un espíritu maligno que ha entrado en él:


¡Sal fuera, asiática venida del desierto, negra venida de las tierras vacías! ¿Eres una esclava? ¡Entonces sal fuera por medio del vómito! ¿Eres una dama de la nobleza? ¡Entonces sal fuera por su orina! ¡Sal fuera por las secreciones de su nariz! ¡Sal fuera por el sudor de su cuerpo! Mis manos se posan sobre mi niño y las manos de Isis están sobre él, igual que protegieron a su hijo Horus.


Este conjuro permite apreciar como pensaban los egipcios que funcionaba el poder mágico:


-Es preciso identificar al espíritu que está haciendo que el niño enferme. Lo usual es que sea un muerto. El médico se refiere a él como una posible mujer asiática, negra o de la nobleza.


-El espíritu, sea lo que sea, es asimilado usualmente a los enemigos de Egipto, a los pueblos extranjeros.


-Se le ordena que salga del cuerpo del niño por sus secreciones (vómitos, orina, sudor, etc.)


-Se invoca a Isis, la Gran Maga, ya que esta fue capaz de hacer volver a la vida a su esposo Osiris, que había sido asesinado.


-Se la invoca precisamente, dado que el enfermo es un niño, en su calidad de madre de Horus, ya que tal y como Isis había cuidado de su hijo cuidará el mago del niño enfermo al que está intentando sanar.



El acto mágico


En el acto mágico podemos distinguir diversos elementos:


De un lado, el propio mago, que usualmente era un sacerdote de algún templo, que había sido iniciado en los Misterios en la Casa de la Vida. Era un personaje temido por el pueblo, que era consciente de sus poderes. Ayudaba a mantener ese temor reverencial el hecho de que los magos guardaban en el secreto más absoluto sus conocimientos. En el caso de la conspiración del harén que acabó con la vida de Ramsés III, sabemos que los conjurados usaron libros de magia que habían sustraído de la biblioteca de la Casa de la Vida.


Como elemento sustancial de la magia hemos de destacar el conjuro, que son las palabras que se pronunciaban para conseguir el efecto que se deseaba. En Egipto tenían especial interés las creencias acerca de la magia de la palabra, ya que decir algo era hacer que ocurriese. En ese sentido, en los Textos de las Pirámides, el rey dirá:


Yo soy la Gran Palabra…


Y es que con su verbo el faraón, y el mago, podían materializar y dar vida a todo aquello que desearan, y esa magia de la palabra se incrementaba si esta se plasmaba por escrito. En ese sentido, los jeroglíficos, la escritura de los dioses, materializaba el poder creador que era propio de la palabra escrita. Poder creador que, obviamente, podía buscar efectos benéficos o maléficos, ya que la magia, fuese blanca o negra, usaba los mismos medios.


Especial importancia dentro de la magia de la palabra tenía conocer el nombre de los dioses, personas, animales o cosas. Petosiris, que fue Sumo Sacerdote de Thot en Hermópolis, dejó escrito en su tumba:


Construí esta tumba en esta necrópolis, junto a los grandes espíritus que aquí están, para que se pronuncie el nombre de mi padre y el de mi hermano mayor (enterrados en ella). Un hombre es revivido cuando su nombre es pronunciado…


Un tercer componente del acto mágico lo constituía el ritual, que es la acción que está ejecutando el mago mientras recita el conjuro. En el ritual, el mago podía servirse de figuras de cera, amuletos, incienso, pociones que se ingerían, etc.


La Estela del Louvre nos habla de los secretos que encierra el acto mágico de la creación, que no pueden ser divulgados. El personaje que está hablando manifiesta que:


Yo conozco el secreto de los jeroglíficos

y sé como hay que hacer ofrendas rituales.

Yo he aprendido toda la magia y nada me es oculto…


Todo esto no ha sido revelado a nadie

más que a mí y a mi hijo primogénito,

ya que el dios me ordenó revelarle estas cosas.



Magia y hechicería


En lo que podríamos denominar “magia blanca”, los espíritus malignos deben ser vencidos por el mago y obligados a que cesen en el daño que están causando, por ejemplo, a un enfermo. Esos espíritus deben “irse a la tierra”. Son entidades que han sido incapaces de arribar al Reino de Osiris, al no haber superado el juicio, por lo que su destino, en cuanto espectros, debe ser reintegrarse en la tierra y desaparecer.


Por el contrario, en la “magia negra” o hechicería, el actor no pretende sanar a un enfermo, o que el estado venza a sus enemigos. No se pretende alcanzar un bien o que cese una perturbación sino que se busca el mal. Se pretende conseguir un fin ilícito y para ello el mago no dudará, incluso, en amenazar a los propios dioses.


Martín Valentín (2002, pág. 237) nos habla de un individuo que desea conseguir de modo ilícito a una mujer. Para ello, utiliza un conjuro en el que invoca a los dioses para que sean favorables a su pretensión, pero no duda en amenazarlos en caso de que no consiga el resultado deseado:


¡Homenaje a ti, Re Hor-Ajty, padre de los dioses! ¡Homenaje a vosotras, las siete Hat-Hor que os vestís con tejido de lino rojo! ¡Homenaje a vosotros, dioses, señores del cielo y de la tierra! ¡Haced que la mujer N., nacida de N., vaya detrás de mí como una vaca tras el pasto, como una niñera va tras sus niños, como un pastor va tras su rebajo!


¿Si no conseguís que venga detrás de mí, yo incendiaré Busiris y quemaré a Osiris!


El Papiro Mágico de Leyden, que se conserva en dos fragmentos, uno en el Museo Británico y el otro en el Museo de Leyden nos brinda un buen ejemplo de magia maléfica. Se pretende atraer a una mujer a la que se desea:


Coge un poco de cabello afeitado de la cabeza de un hombre que haya muerto de muerte violenta; junta los cabellos con siete granos de cebada que hayan sido enterrados en la sepultura de un hombre muerto; los mezclas con diez oipe (también con nueve) de semillas de manzana; agrega a todo ello sangre de un gusano de un perro negro, con un poco de sangre de tu segundo dedo, el del corazón, de la mano izquierda, y con tu esperma; mézclalo todo junto y ponlo en una taza de vino a la que agregarás tres uteh de los primeros frutos de la vendimia, antes de que los hayas probado y antes de que los hayan recogido. Pronuncias esta invocación siete veces y haces que la mujer lo beba; atas a tu brazo izquierdo la piel del parásito ya dicho con una banda de byssus (tejido fino de lino)


Y la fórmula de la invocación sería la siguiente:


(…) Da, ¡oh sangre de Osiris, que él dio a Isis para hacerla sentir amor por él en su corazón en todo momento, por la noche y por el día, sin descanso!


Da la sangre de N., hijo de N., a N. en esta copa, en este vaso de vino, para que ella sienta en su corazón amor por él, el mismo amor que Isis sintió por Osiris, que N., nacida de N., lo sienta, amándole locamente y que esté detrás de él, inflamada, buscándole en todas partes y que tenga una llama de fuego en su corazón cuando no le vea.


En este terreno de la hechicería los egipcios no dudaban tampoco en hacer llegar mensajes a sus difuntos, escribiéndoles cartas que depositaban en sus tumbas. Pensaban que los muertos podían ayudar a los vivos y por eso solicitaban su protección cuando se sentían amenazados por enfermedades, pleitos, etc. En estas cartas suele aunarse lo benéfico y lo maléfico. Es frecuente que si el difunto no accede a prestar su ayuda se le amenace, incluso, con dejar abandonado el culto funerario de su tumba.


Martín Valentín (2002, pág. 208) reproduce una carta en la que un individuo llamado Dedi (dinastía XII, Reino Medio) pide ayuda a su hermano Intef, ya fallecido:


A propósito de la joven sirvienta Imiu, que está enferma. ¿Acaso no puedes protegerla durante el día y la noche contra cualquier hombre o mujer que le esté provocando su mal? ¿Acaso quieres que tu capilla funeraria sea destruida y abandonada? ¡Lucha de nuevo por ella a fin de que tu capilla sea restaurada y se viertan libaciones para ti! Si no obtengo tu ayuda, tu tumba será destruida…


En esta carta a Dedi vemos que se aúnan la magia blanca (se pide su ayuda) y la hechicería (si no la concede, se le amenaza con cesar su culto funerario y destruir la tumba).


En el Papiro Leyden 371 (dinastía XIX, Reino Nuevo) un personaje se está quejando ante el espíritu de su esposa muerta. El viudo esta atemorizado y la amenaza con pedir el apoyo de los dioses a su causa:


Voy a presentar un litigio contra ti con palabras de mi boca ante la Enéada de Dioses que está en Occidente, y se decidirá entre tú y yo…


Ya que no permites que mi corazón se reconforte seré juzgado contigo, y se discernirá la maldad de la justicia…


Estas cartas a los muertos, inusuales en otras culturas, nos confirman las creencias arraigadas sobre la magia en Egipto. Estas creencias no solo unían a los vivos, sino también a los muertos. La magia lo impregnaba todo. Vemos también que la diferencia entre la magia benéfica y la maléfica es a veces muy sutil. Vemos que se han conservado casos en los que se pide una ayuda o favor, pero en los que no se duda en emitir amenazas para el supuesto de que no sean concedidos.



Démones y espíritus


Los egipcios temían a diversos seres sobrenaturales que a veces se les manifestaban en la vida cotidiana. Entre ellos se incluían los espectros de hombres que habían fallecido y que no habían superado el Juicio de Osiris, por lo que vagaban por la tierra, entre los vivos, a los que causaban molestias y angustias. Se trataba de los muertos “No Glorificados”, que habían muerto por segunda vez, incapaces de arribar al Reino de Osiris. En sus creencias, estos seres eran los muertos que tras la muerte “seguían muertos”. No habían revivido. No habían sido Glorificados.


Ante estos seres (que podían ser manipulados por los magos, como luego veremos), los egipcios precisaban de protección mágica, para lo que solían utilizar tanto conjuros como pinturas y grabados que plasmaban en las cabeceras de sus camas, con representaciones de genios protectores.


En el Papiro Mágico de Leyden encontramos uno de esos conjuros protectores, que pretende ahuyentar a los tan molestos espíritus:


¡Atrás, tú que traes tu rostro, tu alma y tu cadáver y vosotros, que embrujáis con vuestros rostros y con vuestras imágenes! ¡Oh, espíritu, muerto, muerta, enemigo, enemiga durante el viaje de la noche! ¡Mirad a vuestro alrededor y veréis al Señor del universo... Atum y a Uadyet en la gran barca divina, al divino niño, señor de la Verdad y la Justicia, compañero de Atum en la ruta celeste, señor del cielo! ¡La tierra está en llamas, el cielo está en llamas, los hombres y los dioses están en llamas!


Si recitas estos conjuros contra las visiones malignas –rubrica el texto del conjuro-, los dioses vendrán con su verdadero nombre y ellos te darán (en tu ayuda) las llamas del horizonte (es decir, la Luz). Decir estas palabras sobre la imagen que hay en este libro, dibujada sobre un trozo de tela fina y colocarlas en el cuello del hombre. Después ya no volverá a ver espectros.



Prácticas maléficas


En la magia blanca el mago, en su afán, por ejemplo, por sanar a una persona, podía tomar conciencia de que la misma estaba poseída por un espíritu contra el que sería necesario luchar. Para ello solía utilizar la ayuda de una divinidad que resultara benéfica.


El mago, sin embargo, podía intervenir también de otras diferentes maneras en este contexto de las relaciones entre los hombres y los espíritus. Era frecuente que a veces el mago invocase a un espíritu, sirviéndose usualmente para ello de Seth, divinidad negativa, para que el espíritu interfiriera en el sueño de otra persona y le transmitiese un determinado mensaje que alguien (el que había contratado al mago) deseaba hacerle llegar.


En estos casos, ante la posibilidad de que el espíritu se resistiese a las pretensiones del mago, lo más usual es que este emitiese duras amenazas. El mago está revestido de los poderes de la magia y no duda en proclamar esas amenazas al espíritu para el caso de que este no cumpla lo que le está ordenando. En el Papiro Mágico de Leyden, encontrado en el interior de una tumba tebana, se nos ofrece una rica información en relación con las prácticas mágicas egipcias en los tiempos helenísticos. A modo de ejemplo, reproduciremos un conjuro en el que el mago obliga al espíritu (un ser inferior) a que se ponga a sus órdenes, utilizando para ello la coacción y el terror. El mago se ha identificado con Seth, es decir con un dios de la esfera superior, y el espíritu no podrá sino obedecerle.


Veamos ese conjuro número 5 del Papiro de Leyden:


Y tú, Demon Bueno, cuyo poder es el más grande entre los dioses; escúchame y ven junto a N., a su casa donde duerme, a su alcoba, y ponte a su lado con aspecto temible, terrorífico en virtud de los nombres grandes y poderosos del dios, y dile esto. Te conjuro por tu fuerza, por el gran dios Seth, por el momento en que fuiste creado como dios grande, por el dios que va a profetizar lo de ahora mismo, por los 365 nombres del gran dios, a que vengas junto a N., en este momento, en esta noche, y le digas esto en el sueño. Si me desoyes y no te acercas a N., se lo diré al gran dios. Te herirá y cortará miembro a miembro y dará tu carne a comer al perro rabioso que se sienta en los basureros. Por esto, escúchame, ya, ya, pronto, pronto, para no verme obligado a decir estas cosas por segunda vez.


Antes del propio conjuro, el texto nos describe el entorno mágico que debe envolver el acto:


Toma un lienzo puro y –según Óstanes- pinta en él con tinta de mirra una figura de aspecto humano y cuatro alas; que tenga la mano izquierda extendida con las dos alas del lado izquierdo y la derecha doblada con los dedos doblados también; sobre la cabeza una diadema real y un manto alrededor del antebrazo y dos vueltas en el manto; sobre la cabeza unos cuernos de toro. En las nalgas, la cola cortada de un pájaro. Que la mano derecha esté sobre el estómago, cerrada; que una espada se extienda hasta cada uno de los tobillos. Escribe en la cinta los nombres del dios, uno tras otro, y cuanto quieras que N. sepa...


Vemos que en estos momentos del Egipto helenizado el mago dirige su invocación a un “Demon Bueno”, que está dotado de grandes poderes. Demon es una palabra griega, ya utilizada en los tiempos de Homero, que en sus orígenes significaba “ser divino”. Posteriormente, sin embargo, en los momentos finales del helenismo, existía ya una clara distinción entre theós (dios) y daímon (ser inferior, espíritu usualmente maligno). Es sabido que en la acusación contra Sócrates se reprochó a este filósofo que había introducido en Atenas el culto a extraños daimónia, ajenos a las divinidades tradicionales griegas, oriundos posiblemente de las tierras del valle del Nilo o de Mesopotamia. Para Platón (El banquete), formado en los Misterios egipcios, “todo daimónion era algo intermedio entre un dios y un mortal”.


En suma, parece que los démones del Egipto helenístico eran seres espirituales a mitad de camino entre los hombres y la divinidad, y que podían ser tanto buenos como malos. Esa es la justificación de que hombres de tiempos posteriores, conocedores también de los Misterios egipcios, como Plutarco, añadieran el adjetivo phaulos (malo) cuando querían dejar claro que se estaban refiriendo a la influencia maligna de un demon.



Ritos de sometimiento


Pero es que, además, la invocación del mago podía pretender que el espíritu no solamente se manifestase ante otra determinada persona sino que además le causase cierto daño. En estos casos los egipcios pensaban que debido a las amenazas que el mago emitía, el espíritu, atemorizado, tendría que seguir sus órdenes y no dudaría en causar la enfermedad o incluso la muerte del sujeto.


Se han conservado diversos formularios mágicos de tiempos grecoegipcios que nos informan con claridad del ritual que se debía seguir en estos casos. Ante todo, el texto del maleficio, acompañado de los símbolos mágicos adecuados, se debía grabar en la noche en una lámina de plomo. Esa lámina se deberá depositar junto al cadáver de una persona que hubiese fallecido de muerte violenta o prematura y luego se invocaría a una divinidad de carácter negativo, usualmente Seth (el asesino de Osiris).


Se trata, pues, de un mecanismo mágico que debe permitir que un hombre pueda utilizar al espíritu de un muerto para someter o causar mal a otro hombre. Podemos ver un ejemplo en el Papiro Mágico del Museo Británico, que constituye un verdadero “manual del mago”, debido a la variedad de prácticas que contiene:


Genuina fórmula para silenciar y someter y de posesión. Toma plomo de una cañería de agua fría, haz una lámina y escribe con un estilo de bronce, como aparece después, y ponlo junto a un muerto prematuro: (siguen diversos signos y palabras mágicas)..., sujeta. (Luego, pon lo que desees).


En otro papiro mágico del Museo Británico, adquirido por Anastasi en Tebas y vendido luego al museo en 1839, encontramos otra fórmula que pretende conseguir, a través igualmente de la intervención del espíritu de un muerto prematuro, sujetar la voluntad de otra persona para que no haga algo que en otro caso sería perjudicial para quien hace la invocación:


Toma un papiro hierático o una lámina de plomo y un anillo de hierro; coloca el anillo sobre el papiro y con un cálamo dibuja el borde interior y exterior del anillo; después cubre con tinta la circunferencia; después escribe en la circunferencia del anillo, sobre el papiro, el nombre y en la parte externa los signos mágicos; después, en la parte interna, lo que no quieras que ocurra y esto: “Que su mente quede atada para que no haga tal cosa.” Luego pon el anillo sobre su propio círculo que hiciste y, eliminando la parte externa, cose el anillo hasta que éste quede enteramente cubierto.


Mientras pinchas signos mágicos con el cálamo y realizas la atadura, di: “Yo encadeno a N. a tal cosa: que no hable, que no se oponga, que no diga nada en contra, que no pueda mirarme de frente ni hablar contra mí, sino que me esté sometido, tanto tiempo como este aro esté oculto. Yo ato su inteligencia y sus pensamientos, su reflexión, sus actos, para que sea incapaz contra todos los hombres.” Si se trata de una mujer: “para que no se pueda casar con N.” (tu deseo).


Después lo llevas a la tumba de uno que haya muerto prematuramente, haces un hoyo de cuatro dedos, lo pones dentro y dices: “Demon de muerto, quienquiera que seas, entrégame a N. para que no haga tal cosa.” Después de enterrarlo, márchate. Esto lo harás mejor si la luna está menguante. Esto es lo que se escribe en el círculo: (siguen diversas palabras mágicas)..., que no se haga esto en el tiempo en que esté enterrado este anillo.” Sujétalo con cuerdas que tú habrás tejido con esparto y deposítalo así. El anillo se echa también en una fuente que no se usa o en la tumba de uno que ha muerto antes de tiempo...”



Figuras mágicas


Hemos visto que la magia podía conseguir resultados benéficos y protectores pero era también posible convocar a las fuerzas maléficas para desencadenar daños o actuaciones ilícitas. Llaman, en ese sentido, la atención las denominadas figuras de execración, que se fabricaban usualmente en cera o barro y en las que sobresale su vinculación con lo siniestro. Con ellas, a través de la magia, se pretendía destruir a un oponente. Con esa finalidad, en las figuras se inscribían los nombres de los enemigos (podía ser una sola persona o un pueblo entero con el que se iba a guerrear, en el caso de la magia estatal) que se pretendían aniquilar o perjudicar en algo. En los casos de magia benéfica se podían escribir en la figura o vasija, a modo de ejemplo, el nombre de la enfermedad que se pretendía combatir. Tras realizar el conjuro apropiado la figura o el recipiente cerámico, en palabras de Alegre García (2017, pág. 293): “eran rotos con furia ritualizada, con el objetivo de que el gesto destructivo y violento, en un símil mágico, destruyera lo invocado.”


Otra faceta que atrae nuestra atención en relación con la magia es la que se vincula con el temor que sentían los egipcios a que sus tumbas (sus moradas para la eternidad) pudieran ser violadas y saqueadas, con todo lo que ello implicaba para la seguridad de su vida en el más allá. Precisamente para evitarlo es frecuente que se recurriese al recurso de la magia. Veamos la inscripción protectora que se identificó en la tumba de Nesisocak, en la necrópolis de Giza:


A cualquiera que entre en esta tumba

con la intención de causar mal contra esta tumba:

que el cocodrilo lo ataque en el agua,

que la serpiente lo acometa en tierra,

que el hipopótamo lo ataque en el agua,

que el escorpión lo acometa en tierra.


Y en la mastaba de Anjmahor, en Saqqara, se conserva otra inscripción similar, que termina amenazando a los posibles intrusos:


En cuanto a toda cosa que hagáis por esta mi tumba de la necrópolis del Oeste… Soy yo quien es un sacerdote lector perfecto… (quien conoce) todos los secretos de la Magia… De lo contrario le agarraré como a un pájaro de presa, de modo que tema ver a los espíritus radiantes, y que quienes están sobre la tierra teman a un espíritu radiante perfecto…


Finalmente, no podemos dejar de comentar que desde los tiempos del Reino Medio se han identificado figuras mágicas de sirvientes en las tumbas, que habrían de cobrar vida tras la muerte de su dueño. Esas figuras serían las que tendrían que realizar los trabajos que hubiera de desempeñar el muerto en el otro mundo, para que este quedara libre de cualquier preocupación o servidumbre. Son lo que se conoce como ushebti, literalmente “el que contesta”. Que era una creencia arraigada lo confirma el hecho de que se encuentran con facilidad en las tumbas y que algunos reyes, como Taharqa, llegaron a almacenar más de un millar de sirvientes mágicos.


El capítulo seis del Libro de los Muertos desarrolla la fórmula para que un ushebti ejecute los trabajos que el difunto tenga que realizar en el más allá:


Palabras dichas por N. (el difunto): Que diga:“¡Oh ushebti de N.! Si soy llamado, si soy designado para hacer todos los trabajos que se hacen habitualmente en el Más Allá, (sabe) bien que la carga te será infligida allí. Como (se debe) alguien a su trabajo, toma tú mi lugar en todo momento para cultivar los campos, para irrigar las riberas y para transportar la arena de Oriente a Occidente.” “Heme aquí (dirás tú, figurilla). “Iré a donde me mandes, Osiris N. justificado.”


Vemos que la magia blanca y la magia negra se alternaban y confundían en Egipto. La ilusión de que a través de la magia se podía doblegar la realidad es algo que siempre estaba presente en las gentes del Valle del Nilo. Las abundantes fórmulas halladas en papiros y tumbas así lo atestigua. Estas creencias estaban tan arraigadas que las figuras mágicas podían, incluso, servir como ayudantes de los difuntos en su vida en el más allá.


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