Magia negra en Egipto


 


En el antiguo Egipto la vida cotidiana estaba influenciada por la magia. Todo estaba impregnado de Heka, que era la divinidad que regía los principios del poder mágico. Heka, precisamente, era el inmenso poder del que se había servido el Demiurgo, Atum-Re, cuando decidió dar comienzo a la creación del mundo. Los Textos de los Sarcófagos afirman que Heka era una divinidad que estaba por encima de los demás dioses. Solo Atum estaba en un rango superior. Dicen esos textos (está hablando Heka):


Yo soy el que da vida a las compañías de los dioses,

yo soy el que hizo todo lo que desea,

el padre de los dioses…


Todas las cosas eran mías

antes de que vosotros nacierais, ¡oh dioses!

Vosotros vinisteis después,

¡pues yo soy Heka!


En las creencias egipcias, en Heka descansaba el poder creador del Demiurgo. La magia de Heka lo impregnaba todo. Tanto en el mundo corporal como en el espiritual.


En sintonía con estas creencias, en la visión egipcia del mundo las ideas de magia, religión y medicina estaban vinculadas y la función más importante del sacerdote, mago o médico era conseguir que los poderes de Heka fueran debidamente activados ante cada situación concreta. Pensaban que el mago, el hombre que conoce como funciona la magia, venía a ser un canal de los poderes de Heka. Ese es el motivo de que, investido de esos poderes, el mago pudiera incluso dar órdenes a los demás dioses, a los démones y a los espíritus. Cuando actuaba, el mago no lo hacía en cuanto hombre sino que, integrado en la magia de Heka, se manifestaba como parte de esa divinidad. Solo el Demiurgo estaba entonces por encima de su alcance. El resto de dioses quedaba afectado por el poder del mago.


En efecto, en el conjuro 1324 de los Textos de las Pirámides podemos leer que el oficiante está manifestando lo siguiente:


¡No soy yo quien os dice esto, oh dioses;

es Heka quien os dice esto, oh dioses!


Magia y religión


No es fácil deslindar los ámbitos de actuación de la religión y la magia egipcias. Tanto una como otra se mueven en el mundo de lo sobrenatural, de lo que no es visible para los sentidos. Quizá se podría decir que en la magia todo es más inmediato. El mago, usando su poder, consigue el efecto que pretende alcanzar. El mago tiene un poder propio, emanado de Heka, pero que si tiene los conocimientos adecuados, y no es un mero charlatán, será capaz de controlar. En el caso de la religión, el sacerdote no produce el efecto, sino la divinidad a la que dirige sus plegarias. Podríamos decir que el sacerdote es un mediador, en tanto que el mago es un agente.


Además, en la religión no es necesario pedir nada al dios. Se le puede adorar sin más pretensiones. No sucede así con el mago, que cuando pronuncia un conjuro está buscando algo. Tiene una pretensión clara. Sabe que él es un medio para conseguir eso que busca.


En relación con la medicina y la magia, los egipcios pensaban que los démones y los espíritus eran los que causaban las enfermedades de los hombres y eran los médicos-magos los que, iniciados en los Misterios de la vida y de la muerte, sabían como combatirlos usando el poder de Heka.


En el Papiro Hierático del Museo de Berlín (3027) podemos leer un conjuro que es utilizado por el mago (médico, en este caso) para obligar a que salga del cuerpo de un niño un espíritu maligno que ha entrado en él:


¡Sal fuera, asiática venida del desierto, negra venida de las tierras vacías! ¿Eres una esclava? ¡Entonces sal fuera por medio del vómito! ¿Eres una dama de la nobleza? ¡Entonces sal fuera por su orina! ¡Sal fuera por las secreciones de su nariz! ¡Sal fuera por el sudor de su cuerpo! Mis manos se posan sobre mi niño y las manos de Isis están sobre él, igual que protegieron a su hijo Horus.


Este conjuro permite apreciar como pensaban los egipcios que funcionaba el poder mágico:


-Es preciso identificar al espíritu que está haciendo que el niño enferme. Lo usual es que sea un muerto. El médico se refiere a él como una posible mujer asiática, negra o de la nobleza.


-El espíritu, sea lo que sea, es asimilado usualmente a los enemigos de Egipto, a los pueblos extranjeros.


-Se le ordena que salga del cuerpo del niño por sus secreciones (vómitos, orina, sudor, etc.)


-Se invoca a Isis, la Gran Maga, ya que esta fue capaz de hacer volver a la vida a su esposo Osiris, que había sido asesinado.


-Se la invoca precisamente, dado que el enfermo es un niño, en su calidad de madre de Horus, ya que tal y como Isis había cuidado de su hijo cuidará el mago del niño enfermo al que está intentando sanar.



El acto mágico


En el acto mágico podemos distinguir diversos elementos:


De un lado, el propio mago, que usualmente era un sacerdote de algún templo, que había sido iniciado en los Misterios en la Casa de la Vida. Era un personaje temido por el pueblo, que era consciente de sus poderes. Ayudaba a mantener ese temor reverencial el hecho de que los magos guardaban en el secreto más absoluto sus conocimientos. En el caso de la conspiración del harén que acabó con la vida de Ramsés III, sabemos que los conjurados usaron libros de magia que habían sustraído de la biblioteca de la Casa de la Vida.


Como elemento sustancial de la magia hemos de destacar el conjuro, que son las palabras que se pronunciaban para conseguir el efecto que se deseaba. En Egipto tenían especial interés las creencias acerca de la magia de la palabra, ya que decir algo era hacer que ocurriese. En ese sentido, en los Textos de las Pirámides, el rey dirá:


Yo soy la Gran Palabra…


Y es que con su verbo el faraón, y el mago, podían materializar y dar vida a todo aquello que desearan, y esa magia de la palabra se incrementaba si esta se plasmaba por escrito. En ese sentido, los jeroglíficos, la escritura de los dioses, materializaba el poder creador que era propio de la palabra escrita. Poder creador que, obviamente, podía buscar efectos benéficos o maléficos, ya que la magia, fuese blanca o negra, usaba los mismos medios.


Especial importancia dentro de la magia de la palabra tenía conocer el nombre de los dioses, personas, animales o cosas. Petosiris, que fue Sumo Sacerdote de Thot en Hermópolis, dejó escrito en su tumba:


Construí esta tumba en esta necrópolis, junto a los grandes espíritus que aquí están, para que se pronuncie el nombre de mi padre y el de mi hermano mayor (enterrados en ella). Un hombre es revivido cuando su nombre es pronunciado…


Un tercer componente del acto mágico lo constituía el ritual, que es la acción que está ejecutando el mago mientras recita el conjuro. En el ritual, el mago podía servirse de figuras de cera, amuletos, incienso, pociones que se ingerían, etc.


La Estela del Louvre nos habla de los secretos que encierra el acto mágico de la creación, que no pueden ser divulgados. El personaje que está hablando manifiesta que:


Yo conozco el secreto de los jeroglíficos

y sé como hay que hacer ofrendas rituales.

Yo he aprendido toda la magia y nada me es oculto…


Todo esto no ha sido revelado a nadie

más que a mí y a mi hijo primogénito,

ya que el dios me ordenó revelarle estas cosas.



Magia y hechicería


En lo que podríamos denominar “magia blanca”, los espíritus malignos deben ser vencidos por el mago y obligados a que cesen en el daño que están causando, por ejemplo, a un enfermo. Esos espíritus deben “irse a la tierra”. Son entidades que han sido incapaces de arribar al Reino de Osiris, al no haber superado el juicio, por lo que su destino, en cuanto espectros, debe ser reintegrarse en la tierra y desaparecer.


Por el contrario, en la “magia negra” o hechicería, el actor no pretende sanar a un enfermo, o que el estado venza a sus enemigos. No se pretende alcanzar un bien o que cese una perturbación sino que se busca el mal. Se pretende conseguir un fin ilícito y para ello el mago no dudará, incluso, en amenazar a los propios dioses.


Martín Valentín (2002, pág. 237) nos habla de un individuo que desea conseguir de modo ilícito a una mujer. Para ello, utiliza un conjuro en el que invoca a los dioses para que sean favorables a su pretensión, pero no duda en amenazarlos en caso de que no consiga el resultado deseado:


¡Homenaje a ti, Re Hor-Ajty, padre de los dioses! ¡Homenaje a vosotras, las siete Hat-Hor que os vestís con tejido de lino rojo! ¡Homenaje a vosotros, dioses, señores del cielo y de la tierra! ¡Haced que la mujer N., nacida de N., vaya detrás de mí como una vaca tras el pasto, como una niñera va tras sus niños, como un pastor va tras su rebajo!


¿Si no conseguís que venga detrás de mí, yo incendiaré Busiris y quemaré a Osiris!


El Papiro Mágico de Leyden, que se conserva en dos fragmentos, uno en el Museo Británico y el otro en el Museo de Leyden nos brinda un buen ejemplo de magia maléfica. Se pretende atraer a una mujer a la que se desea:


Coge un poco de cabello afeitado de la cabeza de un hombre que haya muerto de muerte violenta; junta los cabellos con siete granos de cebada que hayan sido enterrados en la sepultura de un hombre muerto; los mezclas con diez oipe (también con nueve) de semillas de manzana; agrega a todo ello sangre de un gusano de un perro negro, con un poco de sangre de tu segundo dedo, el del corazón, de la mano izquierda, y con tu esperma; mézclalo todo junto y ponlo en una taza de vino a la que agregarás tres uteh de los primeros frutos de la vendimia, antes de que los hayas probado y antes de que los hayan recogido. Pronuncias esta invocación siete veces y haces que la mujer lo beba; atas a tu brazo izquierdo la piel del parásito ya dicho con una banda de byssus (tejido fino de lino)


Y la fórmula de la invocación sería la siguiente:


(…) Da, ¡oh sangre de Osiris, que él dio a Isis para hacerla sentir amor por él en su corazón en todo momento, por la noche y por el día, sin descanso!


Da la sangre de N., hijo de N., a N. en esta copa, en este vaso de vino, para que ella sienta en su corazón amor por él, el mismo amor que Isis sintió por Osiris, que N., nacida de N., lo sienta, amándole locamente y que esté detrás de él, inflamada, buscándole en todas partes y que tenga una llama de fuego en su corazón cuando no le vea.


En este terreno de la hechicería los egipcios no dudaban tampoco en hacer llegar mensajes a sus difuntos, escribiéndoles cartas que depositaban en sus tumbas. Pensaban que los muertos podían ayudar a los vivos y por eso solicitaban su protección cuando se sentían amenazados por enfermedades, pleitos, etc. En estas cartas suele aunarse lo benéfico y lo maléfico. Es frecuente que si el difunto no accede a prestar su ayuda se le amenace, incluso, con dejar abandonado el culto funerario de su tumba.


Martín Valentín (2002, pág. 208) reproduce una carta en la que un individuo llamado Dedi (dinastía XII, Reino Medio) pide ayuda a su hermano Intef, ya fallecido:


A propósito de la joven sirvienta Imiu, que está enferma. ¿Acaso no puedes protegerla durante el día y la noche contra cualquier hombre o mujer que le esté provocando su mal? ¿Acaso quieres que tu capilla funeraria sea destruida y abandonada? ¡Lucha de nuevo por ella a fin de que tu capilla sea restaurada y se viertan libaciones para ti! Si no obtengo tu ayuda, tu tumba será destruida…


En esta carta a Dedi vemos que se aúnan la magia blanca (se pide su ayuda) y la hechicería (si no la concede, se le amenaza con cesar su culto funerario y destruir la tumba).


En el Papiro Leyden 371 (dinastía XIX, Reino Nuevo) un personaje se está quejando ante el espíritu de su esposa muerta. El viudo esta atemorizado y la amenaza con pedir el apoyo de los dioses a su causa:


Voy a presentar un litigio contra ti con palabras de mi boca ante la Enéada de Dioses que está en Occidente, y se decidirá entre tú y yo…


Ya que no permites que mi corazón se reconforte seré juzgado contigo, y se discernirá la maldad de la justicia…


Estas cartas a los muertos, inusuales en otras culturas, nos confirman las creencias arraigadas sobre la magia en Egipto. Estas creencias no solo unían a los vivos, sino también a los muertos. La magia lo impregnaba todo. Vemos también que la diferencia entre la magia benéfica y la maléfica es a veces muy sutil. Vemos que se han conservado casos en los que se pide una ayuda o favor, pero en los que no se duda en emitir amenazas para el supuesto de que no sean concedidos.



Démones y espíritus


Los egipcios temían a diversos seres sobrenaturales que a veces se les manifestaban en la vida cotidiana. Entre ellos se incluían los espectros de hombres que habían fallecido y que no habían superado el Juicio de Osiris, por lo que vagaban por la tierra, entre los vivos, a los que causaban molestias y angustias. Se trataba de los muertos “No Glorificados”, que habían muerto por segunda vez, incapaces de arribar al Reino de Osiris. En sus creencias, estos seres eran los muertos que tras la muerte “seguían muertos”. No habían revivido. No habían sido Glorificados.


Ante estos seres (que podían ser manipulados por los magos, como luego veremos), los egipcios precisaban de protección mágica, para lo que solían utilizar tanto conjuros como pinturas y grabados que plasmaban en las cabeceras de sus camas, con representaciones de genios protectores.


En el Papiro Mágico de Leyden encontramos uno de esos conjuros protectores, que pretende ahuyentar a los tan molestos espíritus:


¡Atrás, tú que traes tu rostro, tu alma y tu cadáver y vosotros, que embrujáis con vuestros rostros y con vuestras imágenes! ¡Oh, espíritu, muerto, muerta, enemigo, enemiga durante el viaje de la noche! ¡Mirad a vuestro alrededor y veréis al Señor del universo... Atum y a Uadyet en la gran barca divina, al divino niño, señor de la Verdad y la Justicia, compañero de Atum en la ruta celeste, señor del cielo! ¡La tierra está en llamas, el cielo está en llamas, los hombres y los dioses están en llamas!


Si recitas estos conjuros contra las visiones malignas –rubrica el texto del conjuro-, los dioses vendrán con su verdadero nombre y ellos te darán (en tu ayuda) las llamas del horizonte (es decir, la Luz). Decir estas palabras sobre la imagen que hay en este libro, dibujada sobre un trozo de tela fina y colocarlas en el cuello del hombre. Después ya no volverá a ver espectros.



Prácticas maléficas


En la magia blanca el mago, en su afán, por ejemplo, por sanar a una persona, podía tomar conciencia de que la misma estaba poseída por un espíritu contra el que sería necesario luchar. Para ello solía utilizar la ayuda de una divinidad que resultara benéfica.


El mago, sin embargo, podía intervenir también de otras diferentes maneras en este contexto de las relaciones entre los hombres y los espíritus. Era frecuente que a veces el mago invocase a un espíritu, sirviéndose usualmente para ello de Seth, divinidad negativa, para que el espíritu interfiriera en el sueño de otra persona y le transmitiese un determinado mensaje que alguien (el que había contratado al mago) deseaba hacerle llegar.


En estos casos, ante la posibilidad de que el espíritu se resistiese a las pretensiones del mago, lo más usual es que este emitiese duras amenazas. El mago está revestido de los poderes de la magia y no duda en proclamar esas amenazas al espíritu para el caso de que este no cumpla lo que le está ordenando. En el Papiro Mágico de Leyden, encontrado en el interior de una tumba tebana, se nos ofrece una rica información en relación con las prácticas mágicas egipcias en los tiempos helenísticos. A modo de ejemplo, reproduciremos un conjuro en el que el mago obliga al espíritu (un ser inferior) a que se ponga a sus órdenes, utilizando para ello la coacción y el terror. El mago se ha identificado con Seth, es decir con un dios de la esfera superior, y el espíritu no podrá sino obedecerle.


Veamos ese conjuro número 5 del Papiro de Leyden:


Y tú, Demon Bueno, cuyo poder es el más grande entre los dioses; escúchame y ven junto a N., a su casa donde duerme, a su alcoba, y ponte a su lado con aspecto temible, terrorífico en virtud de los nombres grandes y poderosos del dios, y dile esto. Te conjuro por tu fuerza, por el gran dios Seth, por el momento en que fuiste creado como dios grande, por el dios que va a profetizar lo de ahora mismo, por los 365 nombres del gran dios, a que vengas junto a N., en este momento, en esta noche, y le digas esto en el sueño. Si me desoyes y no te acercas a N., se lo diré al gran dios. Te herirá y cortará miembro a miembro y dará tu carne a comer al perro rabioso que se sienta en los basureros. Por esto, escúchame, ya, ya, pronto, pronto, para no verme obligado a decir estas cosas por segunda vez.


Antes del propio conjuro, el texto nos describe el entorno mágico que debe envolver el acto:


Toma un lienzo puro y –según Óstanes- pinta en él con tinta de mirra una figura de aspecto humano y cuatro alas; que tenga la mano izquierda extendida con las dos alas del lado izquierdo y la derecha doblada con los dedos doblados también; sobre la cabeza una diadema real y un manto alrededor del antebrazo y dos vueltas en el manto; sobre la cabeza unos cuernos de toro. En las nalgas, la cola cortada de un pájaro. Que la mano derecha esté sobre el estómago, cerrada; que una espada se extienda hasta cada uno de los tobillos. Escribe en la cinta los nombres del dios, uno tras otro, y cuanto quieras que N. sepa...


Vemos que en estos momentos del Egipto helenizado el mago dirige su invocación a un “Demon Bueno”, que está dotado de grandes poderes. Demon es una palabra griega, ya utilizada en los tiempos de Homero, que en sus orígenes significaba “ser divino”. Posteriormente, sin embargo, en los momentos finales del helenismo, existía ya una clara distinción entre theós (dios) y daímon (ser inferior, espíritu usualmente maligno). Es sabido que en la acusación contra Sócrates se reprochó a este filósofo que había introducido en Atenas el culto a extraños daimónia, ajenos a las divinidades tradicionales griegas, oriundos posiblemente de las tierras del valle del Nilo o de Mesopotamia. Para Platón (El banquete), formado en los Misterios egipcios, “todo daimónion era algo intermedio entre un dios y un mortal”.


En suma, parece que los démones del Egipto helenístico eran seres espirituales a mitad de camino entre los hombres y la divinidad, y que podían ser tanto buenos como malos. Esa es la justificación de que hombres de tiempos posteriores, conocedores también de los Misterios egipcios, como Plutarco, añadieran el adjetivo phaulos (malo) cuando querían dejar claro que se estaban refiriendo a la influencia maligna de un demon.



Ritos de sometimiento


Pero es que, además, la invocación del mago podía pretender que el espíritu no solamente se manifestase ante otra determinada persona sino que además le causase cierto daño. En estos casos los egipcios pensaban que debido a las amenazas que el mago emitía, el espíritu, atemorizado, tendría que seguir sus órdenes y no dudaría en causar la enfermedad o incluso la muerte del sujeto.


Se han conservado diversos formularios mágicos de tiempos grecoegipcios que nos informan con claridad del ritual que se debía seguir en estos casos. Ante todo, el texto del maleficio, acompañado de los símbolos mágicos adecuados, se debía grabar en la noche en una lámina de plomo. Esa lámina se deberá depositar junto al cadáver de una persona que hubiese fallecido de muerte violenta o prematura y luego se invocaría a una divinidad de carácter negativo, usualmente Seth (el asesino de Osiris).


Se trata, pues, de un mecanismo mágico que debe permitir que un hombre pueda utilizar al espíritu de un muerto para someter o causar mal a otro hombre. Podemos ver un ejemplo en el Papiro Mágico del Museo Británico, que constituye un verdadero “manual del mago”, debido a la variedad de prácticas que contiene:


Genuina fórmula para silenciar y someter y de posesión. Toma plomo de una cañería de agua fría, haz una lámina y escribe con un estilo de bronce, como aparece después, y ponlo junto a un muerto prematuro: (siguen diversos signos y palabras mágicas)..., sujeta. (Luego, pon lo que desees).


En otro papiro mágico del Museo Británico, adquirido por Anastasi en Tebas y vendido luego al museo en 1839, encontramos otra fórmula que pretende conseguir, a través igualmente de la intervención del espíritu de un muerto prematuro, sujetar la voluntad de otra persona para que no haga algo que en otro caso sería perjudicial para quien hace la invocación:


Toma un papiro hierático o una lámina de plomo y un anillo de hierro; coloca el anillo sobre el papiro y con un cálamo dibuja el borde interior y exterior del anillo; después cubre con tinta la circunferencia; después escribe en la circunferencia del anillo, sobre el papiro, el nombre y en la parte externa los signos mágicos; después, en la parte interna, lo que no quieras que ocurra y esto: “Que su mente quede atada para que no haga tal cosa.” Luego pon el anillo sobre su propio círculo que hiciste y, eliminando la parte externa, cose el anillo hasta que éste quede enteramente cubierto.


Mientras pinchas signos mágicos con el cálamo y realizas la atadura, di: “Yo encadeno a N. a tal cosa: que no hable, que no se oponga, que no diga nada en contra, que no pueda mirarme de frente ni hablar contra mí, sino que me esté sometido, tanto tiempo como este aro esté oculto. Yo ato su inteligencia y sus pensamientos, su reflexión, sus actos, para que sea incapaz contra todos los hombres.” Si se trata de una mujer: “para que no se pueda casar con N.” (tu deseo).


Después lo llevas a la tumba de uno que haya muerto prematuramente, haces un hoyo de cuatro dedos, lo pones dentro y dices: “Demon de muerto, quienquiera que seas, entrégame a N. para que no haga tal cosa.” Después de enterrarlo, márchate. Esto lo harás mejor si la luna está menguante. Esto es lo que se escribe en el círculo: (siguen diversas palabras mágicas)..., que no se haga esto en el tiempo en que esté enterrado este anillo.” Sujétalo con cuerdas que tú habrás tejido con esparto y deposítalo así. El anillo se echa también en una fuente que no se usa o en la tumba de uno que ha muerto antes de tiempo...”



Figuras mágicas


Hemos visto que la magia podía conseguir resultados benéficos y protectores pero era también posible convocar a las fuerzas maléficas para desencadenar daños o actuaciones ilícitas. Llaman, en ese sentido, la atención las denominadas figuras de execración, que se fabricaban usualmente en cera o barro y en las que sobresale su vinculación con lo siniestro. Con ellas, a través de la magia, se pretendía destruir a un oponente. Con esa finalidad, en las figuras se inscribían los nombres de los enemigos (podía ser una sola persona o un pueblo entero con el que se iba a guerrear, en el caso de la magia estatal) que se pretendían aniquilar o perjudicar en algo. En los casos de magia benéfica se podían escribir en la figura o vasija, a modo de ejemplo, el nombre de la enfermedad que se pretendía combatir. Tras realizar el conjuro apropiado la figura o el recipiente cerámico, en palabras de Alegre García (2017, pág. 293): “eran rotos con furia ritualizada, con el objetivo de que el gesto destructivo y violento, en un símil mágico, destruyera lo invocado.”


Otra faceta que atrae nuestra atención en relación con la magia es la que se vincula con el temor que sentían los egipcios a que sus tumbas (sus moradas para la eternidad) pudieran ser violadas y saqueadas, con todo lo que ello implicaba para la seguridad de su vida en el más allá. Precisamente para evitarlo es frecuente que se recurriese al recurso de la magia. Veamos la inscripción protectora que se identificó en la tumba de Nesisocak, en la necrópolis de Giza:


A cualquiera que entre en esta tumba

con la intención de causar mal contra esta tumba:

que el cocodrilo lo ataque en el agua,

que la serpiente lo acometa en tierra,

que el hipopótamo lo ataque en el agua,

que el escorpión lo acometa en tierra.


Y en la mastaba de Anjmahor, en Saqqara, se conserva otra inscripción similar, que termina amenazando a los posibles intrusos:


En cuanto a toda cosa que hagáis por esta mi tumba de la necrópolis del Oeste… Soy yo quien es un sacerdote lector perfecto… (quien conoce) todos los secretos de la Magia… De lo contrario le agarraré como a un pájaro de presa, de modo que tema ver a los espíritus radiantes, y que quienes están sobre la tierra teman a un espíritu radiante perfecto…


Finalmente, no podemos dejar de comentar que desde los tiempos del Reino Medio se han identificado figuras mágicas de sirvientes en las tumbas, que habrían de cobrar vida tras la muerte de su dueño. Esas figuras serían las que tendrían que realizar los trabajos que hubiera de desempeñar el muerto en el otro mundo, para que este quedara libre de cualquier preocupación o servidumbre. Son lo que se conoce como ushebti, literalmente “el que contesta”. Que era una creencia arraigada lo confirma el hecho de que se encuentran con facilidad en las tumbas y que algunos reyes, como Taharqa, llegaron a almacenar más de un millar de sirvientes mágicos.


El capítulo seis del Libro de los Muertos desarrolla la fórmula para que un ushebti ejecute los trabajos que el difunto tenga que realizar en el más allá:


Palabras dichas por N. (el difunto): Que diga:“¡Oh ushebti de N.! Si soy llamado, si soy designado para hacer todos los trabajos que se hacen habitualmente en el Más Allá, (sabe) bien que la carga te será infligida allí. Como (se debe) alguien a su trabajo, toma tú mi lugar en todo momento para cultivar los campos, para irrigar las riberas y para transportar la arena de Oriente a Occidente.” “Heme aquí (dirás tú, figurilla). “Iré a donde me mandes, Osiris N. justificado.”


Vemos que la magia blanca y la magia negra se alternaban y confundían en Egipto. La ilusión de que a través de la magia se podía doblegar la realidad es algo que siempre estaba presente en las gentes del Valle del Nilo. Las abundantes fórmulas halladas en papiros y tumbas así lo atestigua. Estas creencias estaban tan arraigadas que las figuras mágicas podían, incluso, servir como ayudantes de los difuntos en su vida en el más allá.


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Ushabtis egipcios



 

En el antiguo Egipto la vida y la muerte estaban impregnadas de creencias mágicas. Los hombres del valle del Nilo pensaban que la palabra tenía un inmenso poder mágico y que a través de ella había sido creado todo. Solo gracias a la magia de la palabra existía la realidad y ese poder mágico se potenciaba cuando las palabras se escribían. Los jeroglíficos, símbolos mágicos cuyo origen reposaba en las propias divinidades, fortalecían el inmenso poder creador de la palabra.


Inmersas en estas creencias, en los tiempos del Reino Nuevo, en el conjunto de textos funerarios que conocemos como “Libro de los Muertos”, encontramos multitud de fórmulas que habrían de permitir gracias al poder de su magia que el difunto superara los peligros que habrían de amenazarle en el inframundo antes de arribar a los Campos de Osiris. Algunos de esos conjuros nos hablan de como una vez alcanzado el estado de bienaventurado el difunto puede moverse a su voluntad por el Occidente y por el mundo de los vivos. Otros, habrán de permitir que el espíritu se eleve desde los Campos de Osiris, transformado en un espíritu luminoso, al Reino Celeste de Re.


En el capítulo VI del “Libro de los Muertos” encontramos una fórmula mágica especialmente llamativa. Dice así:


-Fórmula para que un ushabti ejecute los trabajos para alguien en el Más Allá: Palabras dichas por N. (el difunto): Que diga:


“¡Oh ushabti de N.! Si soy llamado, si soy designado para hacer todos los trabajos que se hacen habitualmente en el Más Allá, (sabe) bien que la carga te será infligida allí. Como (se debe) alguien a su trabajo, toma tú mi lugar en todo momento para cultivar los campos, para irrigar las riberas y para transportar la arena de Oriente a Occidente.” “Heme aquí” (dirás tú, figurilla). “Iré a donde me mandes, Osiris N. justificado.”


En el contexto de sus creencias mágicas, los egipcios creían que fabricando una figurita que representara a alguien, esta podría asumir el papel del representado. Gracias a la magia era posible, a modo de ejemplo, destruir a un enemigo sin enfrentarse abiertamente a él. Para ello sería preciso crear una figura de arcilla que lo encarnara, leer la fórmula mágica apropiada y finalmente romper esa figura. Creían también los egipcios, y en ese contexto se entiende ese capítulo del “Libro de los Muertos”, que era posible crear una figura humana que gracias a la magia habría de estar al servicio de su propietario, tras la muerte, en los mundos del más allá. Esa figura mágica habría de hacer todo aquello que se le ordenase, reemplazando al difunto en todos aquellos trabajos que este hubiera de realizar.


Pensaban también que ese poder mágico sobre los sirvientes se veía potenciado si en la figura, además, se hacía grabar esa inscripción de llamada que supone el capítulo VI que antes hemos reproducido. Aunando la magia de la representación figurada y la magia de la palabra escrita, el hombre egipcio tenía la certeza de que los trabajos que hubiera de hacer en el más allá serían realizados por esas figuritas dotadas del poder de la vida.


Estos servidores mágicos fueron llamados shawabtis, por la madera en que se solían esculpir en los primeros tiempos, o ushabtis, literalmente “el que responde” a la orden del difunto, y son propios de los tiempos del Reino Nuevo, si bien en los momentos anteriores también existieron creencias vinculadas con estas cuestiones, como tendremos ocasión de exponer.



Figuras realistas en el Reino Antiguo


En los tiempos del Reino Antiguo el faraón, su familia y los altos mandatarios se hacían enterrar acompañados por un ejército de estatuillas que habrían de servirles durante la eternidad. Podríamos citar ejemplares que se han conservado de esos momentos en los que una sirvienta está encendiendo el fuego o alguien está asando un pato o elaborando pan y cerveza. Desde esos momentos antiguos las gentes adineradas incluían en su mastaba todo aquello que les podría resultar de utilidad en la ultratumba: camas, sillas, mesas, jarras, arcones, ropa, bastones, vasijas, joyas, juegos… En ese equipamiento funerario incluían también al personal destinado al servicio del difunto, así como una representación escultórica de este, el llamado cuerpo de sustitución, en el que habría de encontrar reposo el espíritu del fallecido cuando quisiera viajar desde el Occidente al mundo de los vivos, en previsión de que en algún momento el propio cadáver hubiera llegado a desaparecer. Estas representaciones escultóricas del difunto se guardaban en el serdab, que era una cámara específica de la mastaba destinada a ese fin.


Entre las dinastías IV y VI era frecuente que las esculturas de sirvientes se fabricaran en piedra calcárea. Muchos ejemplares se han encontrado en la necrópolis de Menfis. A partir de la dinastía V y hasta fines del Reino Medio, lo usual es que esas figuras estén labradas en madera.


A modo de ejemplo, en el Museo Egipcio de El Cairo se exponen diversas figuras que se han datado en tiempos de la V dinastía y que nos muestran a gentes que trabajan como servidores en el más allá, así una mujer que está moliendo cereales (necrópolis de Gizeh), un hombre que está desplumando una oca (necrópolis de Saqqara) o una figura femenina que está preparando cerveza (necrópolis de Gizeh). Todos estos ejemplares están fabricados en piedra calcárea.


Algo posterior, de los tiempos de la VI dinastía, en la necrópolis de Quse se identificó la tumba de un personaje llamado Niankhpepi el Negro. Allí, en un pozo de dos metros de hondo, se encontró una estatua en madera del difunto que estaba acompañada por diversas figuras de madera que representaban a sus sirvientes. Se conservan también en el Museo de El Cairo. Podemos citar un portador de ofrendas, que lleva un bolso a la espalda y un cesto en su brazo derecho; una maqueta con tres mujeres que caminan portando ofrendas; una maqueta con dos hombres que están preparando pan y cerveza; un hombre que está arando; otro que está asando un pato en un brasero…


Estas figuras de sirvientes y tantas otras similares, nos confirman que desde estos tiempos del Reino Antiguo entre los altos mandatarios estaba arraigada la creencia de sería muy útil tener sirvientes mágicos en la ultratumba. Habrá que esperar, no obstante, a momentos posteriores para que esas creencias se popularicen y afecten a sectores más amplios de la población. Será entonces cuando cualquier persona podrá hacerse enterrar con un ejemplar del “Libro de los Muertos”, incluyendo en su ajuar funerario algún ushabti en cuyo modelado habrán quedado reflejadas las creencias osirianas.


En el Reino Antiguo los sirvientes se representaban de manera realista, en el momento de estar ejecutando actividades usuales. Se trata de hombres y mujeres que se manifiestan vivos y que están inmersos en lo que sería su existencia cotidiana. Muchas de estas figuras incorporan una inscripción en la que alguien hace una exhortación para que las ofrendas que portan sean entregadas al difunto. Estos textos parecen sugerir que las figuras podrían ser realmente ofrendas votivas mágicas que habrían sido realizadas por los familiares y amigos del difunto.



Las maquetas del Reino Medio


Fechadas en las dinastías XI y XII se han identificado en las tumbas diversas maquetas fabricadas en madera que suponen un trabajo minucioso de recreación de ambientes de trabajo y de escenas diversas de la vida cotidiana: grupos de hombres en sus oficios (carpinteros, hiladores de telas, pescadores…), rebaños de ganado, barcos, soldados desfilando…


Es especialmente llamativo el ajuar que se encontró en la tumba de Mesehti, en Assiut. En esos momentos, los príncipes locales querían asegurar su poder político en el más allá, de modo que este personaje quiso incluir entre sus servidores a un grupo de cuarenta soldados egipcios, cuyas miniaturas se muestran desfilando, ordenados en filas de a cuatro. Visten falda corta y portan lanzas y escudos. A su lado, otra maqueta tridimensional muestra un grupo similar de otros cuarenta arqueros nubios, posiblemente mercenarios al servicio del difunto, que se identifican gracias al color negro de su piel. Todos visten taparrabos y están armados con arcos y flechas.


De la tumba de Meketra en la necrópolis de Deir el-Bahari, fechada en la dinastía XI, proceden otras maquetas que nos muestran con gran realismo escenas de la vida cotidiana: en una de ellas se está realizando un censo de ganado, bajo la supervisión del difunto, que aparece acompañado por un cortejo de escribas y ayudantes; en otras se nos brindan escenas de pesca, un taller de tejidos, un taller de carpintería…


La tumba de Meketra había sido saqueada en tiempos antiguos pero por fortuna estos grupos de servidores mágicos habían sido ocultados bajo el suelo, de modo que se han conservado en excelente estado. Estas maquetas nos hablan del deseo del difunto de que no le falte nada en el más allá y dado que fueron moldeadas con gran realismo nos acercan con mucho detalle a cómo era la vida cotidiana en aquellos alejados tiempos.


Guiados por el ánimo de tener satisfechas todas sus necesidades, las élites egipcias no dudaron, desde los tiempos más antiguos, en hacerse acompañar en la tumba, también, por figuras femeninas que han sido interpretadas como concubinas para el más allá. Así sucede, a modo de ejemplo, en la tumba tebana de Neferhotep, de la XI dinastía, en donde en cerámica esmaltada de color azul se ha representado una mujer que se manifiesta desnuda, portando peluca, símbolo sexual en el antiguo Egipto, y que tiene destacado el pubis. La figura se adorna con una cadena y un cinturón formado por conchas o cuentas.



Los ushabtis del “Libro de los Muertos”


A partir de los tiempos del Reino Medio, pero sobre todo en los ajuares funerarios del Reino Nuevo, las estatuillas de sirvientes funerarios se diferenciarán de las que son propias de los momentos anteriores. Ahora, con la divulgación de las creencias osirianas, desaparece el realismo en las figuras de quienes han de responder a la llamada del difunto, surgiendo los característicos ushabtis de aspecto mumiforme, que se fabricarán en madera, fayenza, piedra, cerámica o bronce.


Entre las clases modestas, lo usual es que los ushabtis estén tallados en madera, a veces muy toscamente, por lo que se les denomina “bastones de madera”. En un primer momento, solo llevarán inscrito el nombre del difunto, pero posteriormente se popularizará la idea de reproducir íntegramente el capítulo VI del “Libro de los Muertos”. En las tumbas más humildes, lo usual será que el ushabti sea una sencilla figurita de barro cocido, fabricada con moldes y con mínimos detalles en sus rasgos. En estos casos no suele existir inscripción alguna, aunque a veces se indica: “Aquí estoy, trabajo en todo momento”.


Es frecuente que las figuritas mágicas se ocultasen en algún nicho excavado en la pared de la cámara funeraria. Allí se colocaban ordenadas y luego todo se recubría con yeso y se pintaba, de modo que los servidores quedaban ocultos. A veces, no obstante, el ushabti estaba colocado dentro de un pequeño sarcófago que se adapta a su tamaño, como sucede en una figurita de cerámica de Huy, que se conserva en el Museo Egipcio de El Cairo. En momentos más avanzados, veremos que los ushabtis se colocarán en cajitas de madera que imitarán en su tapa abombada el modelo arquitectónico de las capillas de los templos. Esto será a finales de la dinastía XVIII. Estas cajitas estarán dotadas de una falsa puerta que permitirá que los sirvientes puedan entrar y salir cuando sea necesario.


La actividad central de la vida en el antiguo Egipto era la agricultura y los hombres pensaban que en el más allá habrían de verse también obligados a realizar esos trabajos, motivo por el que pronto los ushabtis se fabricarán portando azadas en sus manos y llevando un capacho para transportar arena en su espalda. Sus obligaciones, como vimos en el capítulo VI que citamos antes serían la preparación de la tierra para el cultivo, haciendo los trabajos de canalización de agua para los riegos y de limpieza de los campos de los efectos de la inundación anual del Nilo, transportando la tierra de unos lugares a otros. En las inscripciones de algunos ushabtis se menciona solamente trasladar la arena del Este al Oeste, pero en otros se indica también “y viceversa”.


Llama la atención que ese deseo de protección que evite tener que realizar trabajos penosos en la ultratumba afectaba incluso a los propios reyes. Sabemos que el faraón Taharqa se llevó a la tumba más de un millar de ushabtis esculpidos en piedra, en tanto que en el ajuar funerario de Tutankamon se identificaron 413 ejemplares, lo que supondría una figurita para cada uno de los días del año, más 36 capataces y 12 supervisores. Los ushabtis estaban situados en la cámara sur de la tumba, guardados en cofres de madera decorada. Algunos tenían inscrito el nombre de altos funcionarios. Todo sugiere que esos dignatarios habían querido expresar su deseo de seguir sirviendo al rey tras su muerte.


En el caso de los capataces, cada uno de ellos era responsable de 10 trabajadores. Al parecer los egipcios llegaron a temer que los ushabtis fueran incapaces de organizarse por si mismos o que en algún momento se pudieran insubordinar, por lo que los capataces aparecen portando en sus manos un látigo o algún otro símbolo de autoridad, vistiendo la faldilla o delantal propio de las personas con mando.


Por encima de esos capataces habría otros 12 supervisores, uno por cada mes del año, para asegurar plenamente que todos los trabajos de los servidores se realizaran satisfactoriamente.



La vida del difunto en el Más Allá


En el capítulo 110 del “Libro de los Muertos” se nos habla de las obligaciones del difunto en los Campos de Osiris: “Aquí comienzan las fórmulas de la Campiña de las Felicidades y las fórmulas para salir al día; para entrar y salir en el Más Allá; para establecerse en la Campiña de las Juncias; para vivir en la Doble Campiña de las Felicidades, la gran ciudad Señora de la brisa; para ser allí poderoso y glorioso y trabajar, segar, comer, beber y hacer el amor: (en suma), para hacer todo cuanto tenía el hábito de hacer sobre la tierra la personalidad de N. (el difunto)…”


Más adelante, se nos confirma que: “Dispongo lo preciso para habitar en tus campos… dilato mi espíritu y soy fuerte, en la campiña dilato mi espíritu y soy fuerte, en ella como y bebo, en ella trabajo y siego, en ella hago el amor; mis encantamientos son en tu campiña poderosos. No se me hacen reproches ni (tengo) preocupaciones y mi corazón es allí feliz…”


En estos conjuros se nos confirma la idea de que el difunto, una vez alcanzado los Campos de Osiris, accedía a una existencia feliz, similar a su vida terrena, pero libre de preocupaciones. Allí tiene alimentos y disfruta del sexo pero tiene también que realizar trabajos, de naturaleza esencialmente agrícola, trabajos que habrán de ser los sirvientes mágicos los que llevarán a cabo.


Estas creencias no solo afectaban a los hombres sino también a las mujeres. Podemos citar dos tablillas encontradas en la necrópolis de Deir el-Bahari en las que se menciona a dos ushabtis que habrían estado al servicio de Nesijunsu, sacerdotisa de Amón. En el texto se dice que el gran dios asegura que los ushabtis habrán de cumplir eternamente todo aquello que en el Más Allá hubiera de hacer esta mujer. En este caso concreto, el propio poder de la palabra de Amón estaba en juego.



BIBLIOGRAFÍA SELECTA


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BRIER, Bob (2008): Los misterios del antiguo Egipto, Barcelona, Ediciones Robinbook.

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DÍAZ DE CERLO, Montserrat y CERVELLÓ AUTUORI, Josep: El mundo funerario en el antiguo Egipto. Creencias y prácticas, Curso de la U.O.C., Barcelona.

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SERRANO, J. M. (1993): Textos para la historia antigua de Egipto, Madrid, Editorial Cátedra.

La mujer egipcia y el Derecho


 


Durante milenios la mujer egipcia sobresalió por ser la única que gozaba de un estado legal igual al del hombre. Ni las mujeres griegas ni las romanas alcanzaron esa consideración. De hecho, hasta avanzado el siglo XX, las mujeres no verían reconocidos unos derechos similares a los de los hombres.

En palabras de Desroches (1999, p. 184): “La mujer podía poseer bienes, realizar adquisiciones, contratos o comprometerse por escrito con total libertad… Desde que nacía poseía plenos derechos y su matrimonio y sus alumbramientos no suponían ninguna modificación en ese estado de cosas. Desde el momento en que alcanzaba la mayoría de edad o se casaba, tenía plena y completa libertad; pero parece que una niña podía contraer obligaciones legales desde el momento en que era capaz de apreciar el significado y evaluar las consecuencias de las mismas.”


Mujer y matrimonio

La sociedad egipcia era una sociedad patriarcal en la que no existía ningún tipo de contrato que resultara obligatorio para contraer matrimonio. Tampoco había leyes que lo regularan y no hay referencias a que existiera algún tipo de acto en el que el matrimonio fuese “bendecido” en un templo. Bastaba con la vida en común, realizada de modo público, y con que la mujer fuera sexualmente fiel a su esposo. El fin último de la unión era tener hijos y el hombre precisaba tener la certeza de que estos fuesen suyos, sobre todo para las cuestiones relacionadas con las herencias.

En el Cuento de Khaemuas podemos encontrar reflejado lo que para las antiguas egipcias representaba el matrimonio:

“El faraón le dijo al Jefe de la Casa Real: “Que lleven a Ahuri a casa de Nenoferkaptah esta misma noche. Y que lleve con ella toda clase de bellos regalos”. Ellos me llevaron –dice Ahuri- como esposa a la casa de Nenoferkaptah y el faraón ordenó que se me diera una gran dote de oro y plata que me ofrecieron todas las personas de la Casa Real.

Nenoferkaptah pasó un día feliz conmigo; recibió a todas las personas de la Casa Real y durmió conmigo esa misma noche. Me encontró virgen y me conoció (sexualmente), y me volvió a conocer, porque cada uno amaba al otro.

Cuando llegó el momento de mis purificaciones (menstruación), no tuve purificaciones que hacer. Se lo fueron a decir al faraón y su corazón se regocijó mucho. Hizo que se cogieran muchos objetos preciosos de los bienes de la Casa Real e hizo que me trajeran muy bellos regalos en oro, plata y en telas de lino fino.

Cuando me llegó el momento de parir, di a luz a ese niñito que está delante de ti. Le pusimos el nombre de Maihet, y lo inscribimos en los registros de la Doble Casa de la Vida.”

Del marido se esperaba que tratara adecuadamente a su esposa, como exige la Maat, y de esta se esperaba que proporcionara hijos al matrimonio y que fuera una buena esposa. Los autores de Textos Sapienciales, como Ani, Hordjedef o Ankhsesonquis, recomendaban a los hombres que tomaran una esposa, a ser posible cuando eran todavía jóvenes, para asegurarse de que esta pudiera darles hijos. Aní, en concreto, nos habla de que se espera que la madre sea el sustento de los hijos y que luego estos habrán de ser agradecidos.

La familia era una estructura patriarcal que giraba en torno a los esposos, sus padres (a veces), sus hijos y las posibles concubinas (si es que existían). Este grupo familiar se guiaba por la idea de la solidaridad entre ellos, de modo que encontramos a veces noticias que no dejan de sorprendernos. Así sucede con el Papiro Lansing, en el que un soldado deserta y se castiga por ello a su familia, o en el Papiro Anastasi V, en el que ante un impago de impuestos, la familia en bloque pasa a una condición servil.

La palabra utilizada desde el Reino Antiguo para designar a la esposa era “hemet”, si bien en la dinastía XVIII ya se documenta la palabra “senet” (que vendría a ser “hermana”). También es frecuente encontrar en los textos la palabra “hebsut”, que a veces se aplica a las concubinas pero también a las segundas esposas una vez que se había producido la muerte o divorcio de la anterior. Son numerosos los textos en que se menciona a las concubinas. Así sucede con Jnumhotep II, nomarca de Beni Hassan (dinastía XIII), en cuya tumba se hizo representar con Jety, Señora de la Casa, y sus siete hijos, así como con Tchat, su concubina, y sus tres hijos. Tchat está representada en segundo plano y a tamaño menor que Jety.


Contratos matrimoniales

Para materializar el matrimonio lo usual es que se solicitara el consentimiento del padre de la mujer, que en aras de la felicidad de su hija negociaba con el pretendiente un acuerdo. Los novios podían ya conocerse de antes pero era importante que el padre de ella aprobara la unión. En algunos casos se ha documentado incluso que el padre podía pedir a un tribunal de justicia que se obligase al novio a jurar que no trataría mal a su hija. En el caso de que ese juramento fuese incumplido sus consecuencias afectarían incluso a la vida tras la muerte del individuo, ya que no sería declarado “Justo de Voz” en el Juicio de Osiris, lo que implicaría su aniquilación. En este sentido, en el capítulo 125 del Libro de los Muertos podemos ver que una de las faltas que impedían alcanzar la vida eterna era precisamente el hecho de “haber cogido” a una hija sin el consentimiento del padre. Literalmente: “No he cogido una hija a su padre”, tenía que declarar el difunto.

Se ha conservado el documento de un padre interesado en que el futuro esposo de su hija quede adecuadamente “atado” ante esa posibilidad de que no la trate bien en el futuro:

“Año 23, primer mes del invierno, día 4. Este día, Tener-Montu dijo al trabajador jefe Khonsu y al escriba Am-nakhte, hijo de Ipuy, “Haced que Nakhte-en-Mut haga un juramento ante el Señor, que tenga vida, salud y fuerza, diciendo, “No abandonaré a su hija”... (El documento termina con la firma de los testigos y de los dos implicados).”

Hasta la dinastía XXVI no era necesario que la novia prestase su consentimiento. Bastaba con hacer vida en común. Es a partir de ese momento cuando las mujeres comenzaron a expresar su opinión de un modo expreso.

Lo más frecuente es que los matrimonios se contrajeran entre personas que pertenecían al mismo círculo familiar (hermanastros, tíos, sobrinos, primos...). No era usual la unión de hermanos de sangre. Debemos mencionar que existía el temor a que si un hijo se casaba con una mujer de otra ciudad o aldea se trasladara a vivir a ese lugar y en el futuro alguno de los padres quedase en situación de abandono, algo que producía gran inquietud entre los egipcios.

Llama la atención que no existía un contrato matrimonial expreso que resultara obligatorio para poder contraer matrimonio. Tampoco había leyes que regularan el matrimonio, o si existían no tenemos constancia de ello. Todo reposaba en las costumbres. Si era frecuente, no obstante, que el régimen económico de los contrayentes quedara más o menos regulado en un contrato escrito, sobre todo cuando la novia era una dama de cierto nivel.

Se han conservado tres tipos de contratos económicos:

Uno de esos modelos sería el denominado “Regalo o donación para la esposa”, en el que el marido sería quién soportaría todos los gastos de la vida en común. Seguimos a Alonso y Royano (1998, p. 45):

“Yo (el esposo) te tomo por mujer y te entrego (relación de bienes que aporta). Si te repudiare por preferir tomar otra mujer distinta te entregaré (relación de bienes a entregar) junto al tercio de lo que hayamos adquirido desde hoy a ese día. Los hijos que me diste (en este caso ya vivían antes en común) y los que me pudieras dar en adelante, son los herederos de cuanto poseo o pueda poseer...”

El segundo tipo de contrato se denomina “El dinero necesario para ser esposa” y regula lo que la mujer aporta al marido al convertirse en su esposa:

“Tú me has dado (dice el esposo) tales cosas (la dote) como dinero para ser mi mujer. Lo he recibido de tu mano y mi corazón está satisfecho. Lo he contado y está exacto. Por eso no hago ni te haré reclamación alguna. Por mi parte, te entregaré (grano, plata, etc.) para tu mantenimiento anual. Si cuando me la reclames no te devolviese en treinta días el dinero de la dote, seguiré manteniéndote como ahora hasta el reintegro total y declaro que tienes derecho sobre mis pagos para tu mantenimiento.”

El tercer tipo de contrato se conoce como “El capital para la alimentación” y en él se establece una pensión alimenticia para la esposa en determinados supuestos:

“Tú me has dado... (dote) para tu alimentación. Reconozco en dinero y grano para alimentos y vestido un tercio de tus bienes presentes y futuros en nombre de los hijos que me has dado o que me puedas dar y tienes derecho a la pensión que correrá a mi cargo, no pudiendo decirte ¡recobra tu dote! (es decir, no podré divorciarme de ti). No obstante, si quisieras recobrarla (es decir, si quisieras divorciarte tú) te la devolvería y todo lo que poseo ahora o en el futuro garantiza mi promesa de devolución.”


Algunos casos de adulterio

En el poblado de Deir el-Medina vivió un sujeto llamado Paneb, del que sabemos que era jefe de un grupo de trabajadores y que era conocido que mantenía relaciones sexuales con diversas mujeres: “Paneb tuvo relaciones con la ciudadana Tuy, cuando ella era la esposa del trabajador Qenna. Tuvo relaciones con la ciudadana Hunero, mientras ella estaba con Pendua. Tuvo relaciones con la ciudadana Hunero, mientras estaba con Hesysunebef... Y cuando había tenido relaciones con Hunero, también tuvo relaciones con Webjet, su hija...”

Paneb era un individuo que tenía mala fama en el poblado. Sabemos que Hesysunebef pidió el divorcio de su esposa adúltera, pero algo hubo de pasar porque finalmente fue él el que tuvo que darle una pensión a ella en forma de cierta cantidad de cereales para su alimentación.

Una acusación similar encontramos en el Papiro de Turín 1880. Aquí, el trabajador Penanquet acusa a un tal Userhat de haber conocido sexualmente a tres ciudadanas casadas, de las que se indica su nombre en el papiro. Acusaciones similares de Deir el-Medina se encuentran en el Papiro 1887 de Turín y en los papiros números 26B y 27 de Deir el-Medina. En este último papiro, el magistrado Merysekhmet ordenó que el adúltero fuera alejado del poblado y si no lo hacía se le cortarían la nariz y las orejas y sería luego desterrado a las tierras de Kush.

Tenemos también documentado que un grupo de gentes de Deir el-Medina llegaron a enfrentarse a una ciudadana que había cometido adulterio con el marido de una vecina. Se concluyó que la autora del crimen había sido una tentación perversa para un hombre inocente y al esposo de la adúltera se le aconsejó el divorcio. Parece que las gentes iban incluso a asaltar la casa de la pecadora y solo la intervención de los guardias lo impidió. Estamos ante personas que en el adulterio cometido por su vecina veían ese “gran crimen” del que con frecuencia hablan los textos egipcios. Todo parece sugerir que el adulterio era visto como una gran desgracia social.


El divorcio

Al igual que el matrimonio, el divorcio era un acto cuya naturaleza era esencialmente privada y que podía ser solicitado tanto por el hombre como por la mujer. De hecho, se materializaba con la mera separación de los esposos, aunque también podía suceder que antes el tribunal del poblado hubiera testificado el fin del matrimonio. Se trataba de un acto que no precisaba de requisitos de tipo formal. A veces, no obstante, para evitar la posible consideración como adulterio de actos futuros que llevaran a cabo los separados, el esposo entregaba a la mujer un escrito en que se hacía constar que la separación se había producido en tal fecha. Este documento resultaba de gran utilidad para la divorciada, ya que en otro caso esta podría ser acusada de adulterio en el futuro por un exmarido animado por malas intenciones.

En el aspecto económico cuando se producía el divorcio la mujer se quedaba con todos los bienes que ella hubiera aportado al matrimonio, más un tercio del total de los bienes gananciales, salvo que existiera algún contrato previo en el que se estableciera algo distinto. Como causas mas frecuentes en el divorcio podríamos citar la falta de hijos en el matrimonio, si bien en este supuesto los sabios no lo aconsejaban: “No abandones a una mujer de tu casa -dirán- cuando no ha concebido un hijo”, y es que siempre existía la posibilidad de contar con una concubina que lo aportara. También era posible adoptar como hijo a algún siervo hacia el que se sintiera preferencia por sus bondades.

Lo más frecuente es que el marido se enamorara de otra mujer y buscara entonces cualquier pretexto para pedir el divorcio. Se ha conservado un curioso texto en el que el varón dice:

“Yo te repudio porque no tienes vista en un ojo”.

Y la repuesta de ella es sorprendente:

“¿Y este es el descubrimiento que has hecho durante los veinte años que he vivido en tu casa?”

Si la mujer era repudiada sin causa, recuperaba, de un lado, el “regalo para la esposa”, es decir los bienes que el esposo había aportado para ella al matrimonio, así como el “dinero para ser esposa”, es decir la dote que ella había aportado. También tenía derecho a sus propios bienes personales y a un tercio de los bienes que el matrimonio había adquirido durante su vida en común (gananciales).

A veces, sin embargo, existían pactos expresos previos. Así sucede en un caso de Deir el-Medina en el que el novio había jurado ante su suegro sus buenas intenciones:

“¡Que Amón viva, que el soberano viva! Si alguna vez repudio (o injurio) a la hija de Tenermontu, seré merecedor de un centenar de golpes y perderé todos los bienes adquiridos en común...” En este caso, el juramento se hizo ante el capataz de los obreros, el escriba y dos testigos.

En supuestos como este vemos que el divorcio tenía unas consecuencias muy negativas en términos económicos para el esposo, lo que es más que posible que contribuyera a la estabilidad de la monogamia. En el supuesto, menos frecuente, de que el esposo fuera repudiado sin causa por la mujer, este debía ser indemnizado con la mitad del “regalo para la esposa” y con dos tercios de los bienes gananciales.

Si, finalmente, se producía el divorcio lo usual es que el padre de la mujer acudiera en ayuda de su hija. Veamos un caso también de Deir el-Medina:

“Eres mi hija, y si el obrero Baki te repudia del hogar conyugal, podrás vivir en mi casa, porque fui yo quien la construyó; nadie podrá echarte de ella”.


Actividad económica de la mujer

Desde los tiempos del Reino Antiguo tanto los hombres como las mujeres podían poseer tierras, que era el principal bien del país del Nilo y el soporte de la vida. En la III dinástia vivió un personaje llamado Metyen que en su inscripción biográfico nos decía que era propietario de cincuenta aruras de tierra, que había heredado de su madre Nebsenet (Gay Robins, 1996, p. 137).

En el Reino Medio, en tiempos de Amenemhat IV, un individuo llamado Wah dejó a su esposa, en su testamento, todos sus bienes:

“Testamento hecho por el sacerdote… Wah: Hago un testamento para mi esposa… Shef-tu llamada Teti, de todo lo que mi hermano… Anjreni me dio, con todos los bienes en correcto estado… Ella misma (lo) dará a cualquiera de los hijos que tendrá conmigo, como quiera…”

En su testamento (Gay Robins, 1996, p. 137) Wah también nos dice que su esposa recibirá tres esclavos asiáticos, tendrá derecho a ser enterrada en la tumba del esposo (nadie debe oponerse a ello) y también tendrá derecho a vivir en la casa de la familia, sin que nadie pueda echarla.

En tiempos más recientes, en el Reino Nuevo, los documentos conservados en el poblado de Deir el-Medina nos confirman que las mujeres pueden tener posesiones y hacer tratos con terceros, que han quedado adecuadamente confirmados en los “ostraka” que nos han llegado. Vemos así como una mujer recibe 29 deben de cobre por unos vestidos que quizás había confeccionado ella misma; también, otra mujer que compra diversos bienes valorados en 76 deben, por los que deja una señal de 5 deben pasando a adeudar el resto (estamos pues ante un préstamo concedido a una mujer). Hemos de indicar que el deben era una unidad de peso, que venía a equivaler a 91 gramos. Podemos también citar el caso de otra mujer que tiene derecho a usar de diez esclavos durante un cierto número de días, es decir, estaríamos ante una mujer que tenía la propiedad compartida de esos esclavos.

En el Papiro Wilbour (citado por Gay Robins, 1996, p. 146) se ha conservado un listado de propietarios de tierra y se aprecia que en torno al diez por ciento de ellos eran mujeres, siendo el promedio de superficie que explotaban cada uno de cinco aruras (13.500 m²). En una parcela de esa dimensión se podía producir grano que permitiría alimentar a un matrimonio y sus hijos.

Acerca de la influencia de la mujer en las decisiones de tipo económico de su esposo se ha conservado un documento (Jacq, 2001, p. 271) en el que un propietario de tierras que estaban arrendadas a un tercero decidió rescindirle el contrato. La esposa del arrendador, sin embargo, no estaba conforme con ello, de modo que este tuvo que rectificar:

“Te había anunciado (le dirá al arrendatario) que ya no te permitía seguir explotando mis tierras. Pero mi esposa, el Ama de la Casa, me ha dicho: no le retires ese campo y déjale que siga explotándolo.”


Trabajos fuera del hogar

Las egipcias se dedicaban usualmente a los trabajos del hogar pero nada impedía que pudieran desarrollar actividades fuera del ámbito doméstico. Es el caso de las nodrizas, que llegaron incluso a ser consideradas como un miembro más de la familia para la que prestaban sus servicios siendo frecuente que fuesen representadas en las estelas de aquellos hombres a los que de niños habían amamantado. Destaca el caso de Kenamun, nodriza de Amenhotep II, que fue representada en la tumba del faraón (TT 93) . También era usual que las nodrizas amamantaran a dioses niños en los templos. Es el caso del sarcófago de Djet-Mut (dinastía XXI) en el que se decía que había sido nodriza de Jonsu y sacerdotisa de Amón.

Un trabajo frecuente en las mujeres egipcias era el de tejedoras, trabajando tanto por cuenta propia como en talleres que eran supervisados por hombres (se han conservado maquetas de esos talleres en las tumbas, como en el caso de la de Meketra, que se conserva en el Museo de El Cairo).

Era también frecuente que trabajaran en algunas actividades de tipo campesino: limpiar y cribar el grano, vendimias, a veces labores de siega… Este es el caso de la mujer que aparece representada realizando estos trabajos en la mastaba de Ipi-Anj, en Saqqara.

Las mujeres desarrollaban también actividades de tipo comercial, lo que ocasionó asombro a los griegos que no entendían las “libertades” de las egipcias. En este sentido, el propio Heródoto (Libro XXXV) dejó escrito: “Allí son las mujeres las que venden, compran y negocian publicamente, y los hombres hilan, cosen y tejen…”

Otras actividades que desarrollaban estas mujeres era el de músicas y bailarinas en las fiestas de los grandes señores; plañideras en los entierros… Solo excepcionalmente llegaron a desempeñar trabajos como altas funcionarias del estado, escribas o médicos. Es el caso de la dama Idut, que en su mastaba de Saqqara porta materiales de uso por los escribas: tablilla, cálamos, tinta, etc. o de la dama Peseshet, que en su tumba en Giza se declara supervisora de los médicos. Algunas de estas damas llegaron a poseer amplias riquezas, como en el caso de Ashait (cuyo sarcófago se conserva en el Museo de El Cairo) que tendría un importante dominio agrícola siendo ella misma la que lo poseía y administraba.


Conflictos judiciales

En los casos de graves delitos que afectaban al propio estado (saqueos de tumbas, robos en templos, conspiraciones contra el poder, etc.) lo usual es que los que los habían cometido fueran juzgados por un tribunal especial nombrado al efecto y en el que se integraban solamente hombres. Es el caso de la Conjura del Harén que terminó con la vida de Ramsés III.

En los conflictos entre particulares lo usual es que fueran conocidos por un tribunal local, formado por funcionarios y trabajadores de la aldea. En estos tribunales solo excepcionalmente aparecen mujeres. Para ser admitidos como medio de prueba, los documentos que se presentaran al tribunal tenían que estar firmados por testigos. Solo en casos de especial complejidad los conflictos se elevaban a una instancia superior (a veces eran resueltos por el propio Visir).

Un caso especial era el de la “corbea” obligatoria a la que estaban sujetos tanto los hombres como las mujeres. Nadie estaba exento de estos tareas, que podían consistir en trabajos en campos y canales, construcción de templos, etc. Aquellos que huían de esta prestación quedaban sujetos a una responsabilidad penal. Se sabe de una mujer llamada Teti que había huido para eludir la “corbea”. Toda su familia fue detenida y encerrada y Teti hubo de volver para que la liberaran y es que en algunos “crímenes” toda la familia del que lo había cometido podía ser también castigada. Hay casos en que tanto la esposa del penado como sus hijos fueron reducidos a esclavitud.

Destaca en todo caso que está documentado que ante la ley hombres y mujeres eran iguales. Si una mujer cometía un delito era perseguida sin intermediación de ningún tipo de tutela. Del mismo modo, ellas podían actuar ante los tribunales en igualdad de condiciones que los hombres como querellantes, defensores o testigos. No precisaban de un hombre que las representara. En los textos judiciales conservados las mujeres son interrogadas o castigadas del mismo modo que los hombres.


La reclamación judicial de Tahenwet

En este caso que presentamos estamos ante un caso de reclamación judicial por parte de una mujer contra su padre acerca de la propiedad de ciertos bienes. Al parecer, el padre pretendía legar a su esposa Senebtisi quince esclavos (antes le había entregado otros 60). La hija, Tahenwet, está reclamando ante el tribunal de su poblado alegando que son suyos, ya que los había recibido de su esposo.

Dice el texto conservado:

“Mi Padre ha cometido una irregularidad. Él tenía en su poder algunos objetos que me pertenecían y que mi esposo me había dado. Pero él (mi padre) los ha entregado a su segunda esposa, Senebtisi. Quisiera obtener la devolución de ello.”

Este texto se ha conservado dañado, pero parece que incluye un registro privado de las alegaciones del padre, que no se terminan de entender debido a ese deterioro. Todo parece sugerir que Tahenwet era hija de una esposa anterior. Senebtisi sería una segunda esposa. Este documento es un ejemplo que nos habla de como una mujer egipcia, por si misma, podía iniciar una reclamación judicial si estimaba que sus derechos estaban siendo vulnerados.

Todo parece sugerir que estos derechos existían claramente en el caso de las élites, que son de las que proceden la mayor parte de los documentos. Existe la duda de si existían también en las clases sociales más modestas y, sobre todo, si existían solamente en la teoría o también en la vida práctica,

En todo caso, en los tiempos del Reino Nuevo existe documentación relativa a la vida cotidiana en el poblado de constructores de tumbas de Deir el-Medina. En esos documentos se puede contrastar que existen diversos casos en los que las mujeres aparecen haciendo reclamaciones ante la corte judicial del poblado, haciendo transacciones económicas, asumiendo incluso deudas en esas operaciones, fijando sus decisiones sobre su herencia en testamentos, etc.


Hijos que son desheredados

Dice un texto que nos ha llegado:

“Pero mire, estoy envejeciendo. Y mire, ellos (sus hijos) no me están cuidando ahora. Quienquiera de ellos que me cuide, a él yo dejaré mis propiedades.”

Sabemos que en el antiguo Egipto la mujer podía tanto heredar bienes como disponer de sus propiedades en un testamento, estableciendo como habrían de ser repartidas entre sus herederos. En un documento de la dinastía XII un personaje llamado Intef hace testamento a favor de su hijo sin hacer ningún tipo de provisión acerca de su propia esposa. En estos casos, todo sugiere que los egipcios daban por hecho que al morir el padre, la madre tendría el uso de la casa en tanto que el niño crecía y que luego, cuando fuese adulto, habría de asumir el cuidado de su madre anciana. Era esta una costumbre bien establecida. Todos asumían que los hijos debían cuidar de sus padres en la vejez, y los Textos Sapienciales lo recordarán: “Que tu madre no tenga que alzar sus brazos al cielo”, dirán (en el sentido de queja, al sentirse abandonadas). Del mismo modo, si la mujer –sin justa causa- no recibía su parte en una herencia podía según se ha documentado en Deir el-Medina reclamar ante el tribunal del poblado que se le entregase “la parte equitativa de la herencia de su padre”.

Pero esta falta de cuidado de los padres en la vejez, además de ser algo no aceptable socialmente, era también un motivo de desheredación de los hijos ingratos. Además, estaba también establecido que solo llegarían a heredar aquellos que hubieran contribuido a sufragar los gastos del funeral del difunto.

Un caso de mujer que se siente abandonada en su vejez es el de Naunakhte (Deir el-Medina, tiempos de Ramsés V). Ella, que se declara “una mujer libre del país del faraón”, había criado a ocho personas (entre hijos y servidores) y a todos había ayudado a fundar una casa. Ahora, ya anciana, se sentía abandonada por algunos y decidió legar lo que poseía “a quien estrechara su mano”, es decir, la cuidara. Ese fue el motivo de que cuatro de sus hijos quedaran sin herencia. La sentencia del tribunal fue clara: “En cuanto a los escritos (testamento) redactados por la dama Naunakhte, a propósito de sus bienes, se mantendrán tal cual, de manera estricta.”

Un caso relacionado con los funerales es el de una mujer llamada Tagemy, que fue enterrada solo por su hijo Huy, de modo que solo él heredó, pero cuando él falleció a su vez, sus sobrinos se interesaron por su parte en la herencia y reclamaron. Las palabras del hijo de Huy fueron claras: “que las posesiones se le den al que entierra, dice la ley del faraón.” Otro caso similar es el de otra mujer llamada Tanehesy, de cuyo entierro solo se ocupó su hija Savadyyt, de modo que solo ella heredó. Vemos, pues, que los padres, en sus disposiciones testamentarias, podían desheredar a sus hijos si no los cuidaban en la vejez, pero además, como hemos visto, los herederos podían perder sus derechos si no contribuían equitativamente a los gastos del entierro.


Litigio de Eset contra unos usurpadores

Este texto nos remite a una reclamación judicial cuyo contenido quedó plasmado en un ostracón que se encontró en Deir el-Medina. Vimos que esta comunidad de obreros del Valle de los Reyes tenía una corte de justicia local que se encargaba de resolver los conflictos entre quienes vivían en el poblado. Este órgano estaba formado por escribas, funcionarios, capataces y trabajadores comunes. Se piensa que lo usual era que fueran convocados por su edad o experiencia , o por el respeto que inspiraba su personalidad. Hemos de pensar que las sesiones se desarrollarían en los días de descanso, ya que en los otros días los trabajadores estaban ausentes del poblado por motivos de trabajo. Ya comentamos antes que esta corte de justicia local decidía en conflictos de tipo civil pero solo emitía un pronunciamiento en los casos de orden criminal. Los más graves de estos últimos serían elevados, incluso, al Visir de Tebas.

La corte de justicia de Deir el Medina también desarrollaba funciones de registro notarial de documentos (testamentos, contratos, etc., firmados ante testigos). En el caso de las resoluciones judiciales todo sugiere que ellos no las archivaban sino que eran conservadas directamente por las partes interesadas, que en caso de ser necesario en el futuro tendrían que presentarlas ante los jueces como medio de prueba para sus pretensiones.

En el caso concreto que nos ocupa vemos que una mujer, la ciudadana Eset, afirma que tiene derecho sobre unos talleres que habían pertenecido a su esposo y denuncia que tres individuos se han apropiado de ellos:

“En el día de hoy. La ciudadana Eset denuncia a los trabajadores Jaemipet, Jaemuaset y Amennajte, afirmando: “Tengo derecho sobre los talleres de mi esposo Panajt”. El veredicto del juez: “La mujer está en su derecho. Dejad que los talleres de su marido le sean entregados”.

Vemos que los jueces, tras estudiar el asunto, confirmaron el derecho de la mujer en este caso relacionado con el derecho de propiedad en este singular poblado egipcio. Sabemos que en Deir el-Medina las casas de los trabajadores eran propiedad del estado. Su uso se concedía a los obreros (hombres) y cuando estos fallecían eran sustituidos por otros hombres (trabajadores en las tumbas). Las mujeres no tenían derecho sobre las casas. No podían heredarlas ya que el propietario era el estado.

Sucede, sin embargo, que era usual que los trabajadores, en terrenos cercanos a la casa, construyeran con sus propios recursos cabañas, almacenes, talleres, etc., de modo que estas edificaciones si eran propiedad de quien las había levantado, y cuando fallecían eran transmitidas a sus herederos. Podemos citar otro caso, similar a este de la ciudadana Eset, en el que un padre le dice a su hija: “Tú puedes vivir en la antecámara de mi almacén porque yo mismo lo construí. Nadie en el mundo te echará de allí.”


Derecho y realidad

Los textos conservados, como hemos podido apreciar, confirman que las mujeres egipcias tenían los mismos derechos que los hombres. Surge, sin embargo, una duda ya que todo esto en el caso de las mujeres de clase alta si estaba claro, pero ¿lo estaba también en el caso de las mujeres de las clases más modestas?. En teoría todas tenían los mismos derechos pero no sabemos si todas los podían ejercitar o no. Es muy posible que las mujeres de clase inferior estuvieran desprotegidas, especialmente en el caso de las viudas.

Citamos a Gay Robins (1996, p. 149): “Algunas viudas eran muy vulnerables y se situaban entre los pobres y desasistidos de la sociedad. No se trataba de mujeres ricas por sí mismas o que tenían un fuerte sostén familiar, sino de aquellas que durante la vida de sus maridos dependían de ellos y que a su muerte dejaban a sus esposas con pocos o nulos medios de sustento. Ellas serían incapaces de enfrentarse con matones codiciosos que intentaban aprovecharse de ellas. Para las mujeres en esta situación la vida debió haber sido realmente dura.”


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